Por Manuel Gutiérrez.
Una misma mujer fue amada localmente por dos genios, una mujer maestra de la sensibilidad erótica, a la más elevada capacidad de seducción, sumada a una cultura generosa y brillante, y una sensibilidad por encima de lo normal.
Esa misma mujer llevo a su lecho al genial cantante Julio Iglesias, lo hizo dudar de sus virtudes, los hizo llorar por su ausencia, pero también puso de cabeza al cerebral y prolífico escritor, le leyenda de Mario Vargas Llosa, que sintió su ausencia, en lo hondo de su corazón sin duda, pero también en lo profundo de la cartera. Sin ella ninguno de los dos hubiera existido.
LLEGAMOS TARDE LOS DOS…
Primero, entre otros, fue Julio Iglesias, quién consagrado como crooner mundial, hizo una fortuna fabulosa, adorado por millones de mujeres, preferido por sus cantos por millones de hombres admirado, imitado, pero nunca alcanzado, cada canción un éxito mundial.
Julio Iglesias, logro “ser infelices a su manera” para describir su relación con Isabel Presley, una dama española ya veterana, pero de buen ver en sus momentos, y de gratas maneras. Isabel lograría sumar las dos fortunas de los genios a su disposición, sin cantar una nota, sin escribir una línea, recibió la adoración y los euros de dos genios.
Pero en lo más profundo del erotismo, del deseo, de las pasiones, porque pudo desestabilizar al cantante con la voz más afilada y aguda, que llegaba al corazón. Isabel pudo con Julio, pero más que con su persona, con el mito que lo rodeaba.
Julio, según su biógrafo, Ignacio Peyro, “El español que enamoró al mundo” Julio sufrió de miedos personales, no de temor existencial, sino de temor de macho fracasado ante una hembra completa, redonda e indomable, y si, con un atributo peligroso: Inteligente.
“Abrochate esa blusa” dijo el cantante, cuando en plena televisión en vivo increpó a Isabel cuyas turgencias eran más que notables, eran una promesa de unas montañas prometedoras de riesgos, y que sin duda, muchos millones veían asombrados, lo que solamente él debería descubrir en sus escaladas de montañas privadas. Era celoso… en extremo con ella.
Eran una pareja tan afortunada que Hola les daba las portadas por encima de la realeza española, británica, o sueca, siempre Isabel como reina de corazones, como monarca del plenilunio sensual, y con ella el inconfundible y común Julio.
Porque Julio siempre supo que era un mortal común, que lo había sido, y que ninguna fémina de verse, lo había pelado, pero uso su voz, su talento y todo lo cambió sin límites.
Por ello quiso hacer un juego de sistema solar: Isabel era su sol, pero quería un montón de planetas a su alrededor, todos girando en un sentido galáctico a la cama de Julio.
Julio quería ser el señor, el amo de todo y lo era, con dinero, con regalos, con galantería que descubrió en su arcón del siglo XIX y derrochó en sus cantos y ademanes y con eso enamoró al mundo, sin pasar de moda.
Era un caballero, pero su intención era muy clara, era un matador. Que se arriesgaba en la faena para robar en cada intento, algo nuevo. “Jugó mucho con los sentimientos,viviendo de aplausos envueltos en sueños, de tanto gritar sus canciones en el viento, ya no soy como ayer, ya no se lo que siento, me olvide de vivir…”
Julio lloró por Isabel, porque aunque los satélites se le amontonaban, era Isabel demasiado importante para él.
El burlador burlado. Isabel se notó más cuando se fue, cuando no estaba que cuando estaba junto a él. “No medímis pasos, y caí en tus brazos, tan solo un juguete de tu colección me embrujaste al verme…tropecé de nuevo con la misma piedra, y en cuestión de amores nunca he de ganar…. En cuestión de amores nunca aprenderé…”.
Así con fragmentos de sus canciones, de sus hits, pintó su sentir. De cualquier manera se “tiene que llorar”.
Julio entró en una fase de Otelo no trágico. Vigilaba día y noche cada paso de Isabel, con celos y miedos enfermizos.Hasta sus salidas de chopping. Julio tuvo padres tormentosos, y eso afecto su forma de percibir su mundo.
Su miedo de perderla, lo hizo precisamente perderla.
Ella se percataba de Julio, este le dejaba en su tocador “accidentalmente” sus cheques con abultadas cifras de sus millones de euros en discos, en regalías, en contratos por el mundo, era en todo el primero, quería que Isabel supiera los millones que valían sus gestos, su voz, sus palabras.
No fue dichoso, pero Isabel lo llenaba. Y nada la reemplazo, casi.
Por fin aceptó el divorcio, una noticia bomba que vendió millones de Hola, que decía que se agotaba el tema por el que se vendía…que sería de la revista española rosa.
España seguía como el mundo amando al ídolo, pero este ya no era amado por Isabel. Inteligente, precisa, le sacó un buen divorcio, lo suficiente como para no pasar ningún apuro viviendo con lujo, con glamour entre lo mejor de la sociedad europea, del jet set en su palacete de Puerta de Hierro.
Ella había sido icono de la moda, de las noticias, sin duda inteligente. “Fascinante”, diría Mr. Spock, que hubiera caído con ella pese a su frialdad vulcana. No se diga el capitán Kirk, facilito y aventurero. “Quiero” diría el frívolo capitán.
Hablaron de su amor, entre ellos, sangraron en cantos, Julio e Isabel, se curaron con millones de euros, “Ya vez tu nunca me has querido ya lo sé, que nunca he sido tuyo, ya lo sépero solo por orgullo es el querer, de que te vale ahora presumir….que les dirás de mí. Hey recuerdo que ganabas siempre tu…” es elocuente lo dice todo. ¿Alguien trae un Kleenex?
Curiosamente, lo que pudo se una debacle para el artista, y para esta dama, resultó lo contrario: Ambos se volvieron más ricos, más famosos, más que durante el tiempo en que estuvieron casados, ambos más solicitados, aceptados que nunca.
Julio tocaba todo y lo volvía oro. Isabel lo recibía, por ser la abandonada, la dama divorciada del astro, pero adicionaba talento, negocios y glamour, y multiplicaba cada euro, en forma exponencial… ella les dijo a los Hola, que no se preocuparan que con ella habría más…y lo hubo.
EL PREMIO NOBEL PERUANO, EL GENIO DE LAS LETRAS. El SIGUENTE.
Como esto no es novela, vamos al grano. Ana Morocho, del Infobae, nos ilustra. “Ella quedó en shock, cuando se enteró de la muerte Mario Vargas Llosa” así lo vivió Isabel.
Creo que Mario nos quedó a deber su mejor novela, su mejor historia: Todo su fino erotismo del elogio de la Madrastra, queda corto. Su mejor episodio de vida, su mayor secreto no lo escribió, solo en alguna línea, en algún perfil de un personaje, oculto que se nos fuga. Que pasó entre el Premio Nobel, del gigante de las letras y la dama española, toda una femme fatale, que choque de mundos.
La dama española supo encantarlo. Si había huella de que por ahí había pasado Julio, y otros meses, otros años y qué tiene.
Pero la calidad de un vino añejo se da cambiando las barricas. Su personalidad, su inteligencia, su conversación, su elevada cultura, deslumbró como su perfil al escritor, más el sexo, más ese agudo sentido de romper lo establecido más es magia oculta.
Cómo llegó, era inevitable.
El escritor laureado, invitado a la Real Academia de la lengua de España, con silla propia, con la investidura, era unpersonaje mundial, qué de las ficciones, pasaba a tratar de enderezar el mundo como ensayista, y lo peor como político real. Estaba entre los grandes, en el mundo de Isabel, lo demás fue anecdótico.
Mario Vargas Llosa, era visto como un prófugo de las bibliotecas, como un autor de gran calado, pero no era lo suficientemente glamoroso, lo suficientemente atractivo como para ser parte y centro de la vida, de la frivolidad de los que son en Europa, luego del mundo. Con Isabel escaló esa última cima: Era de la cumbre, del fuego más vivo de la hoguera de las vanidades, de la chispa de admiración mundial.
Y eso era lo que le podía dar Isabel Presley, adicionalmente a una revisión de sus ideas románticas y eróticas, porque sin duda era maestra, lo cual no se dice en desdoro: Sino en admiración. Porque Mario no era un novicio.
“Lo mejor de tu vida, me lo llevado yo” podría decir Julio oel genio de las letras, pero fue la plenitud, la madurez consciente, el poderío de los sentidos. Una Isabel que sabía todo lo que debía saberse, que era perfecta, perfecta en todo.
Y serás muy Premio Nobel, pero como hombre caes redondito, eras un admirador, un diletante, un esclavo, un señor… todo la vez, no hay defensa contra esa jugada asesina.
Ambos pasaron largas temporadas juntos. De hecho vivieron juntos, lo que signifique 8 años, de correr por el mundo, de hacer ideas, de elucubrar mitos, de escribir lo que deseaba, de escribir para millones que ansiosamente lo esperaban en El País, en sus relatos, en cada libro, de estar en un palaciego encierro de creación, de encuentro, repitiendo que detrás de cada gran artista, las musas responden. De venir a la Fil, de pelear aquí y álla contra el mundo imperfecto.
De Julio no quedaba nada. Tampoco quedaría o quedo mucho de Mario.
Era Mario, eran sus ideas, sus noches de pláticas elevadas y de sexo apasionado, de vinos deliciosos y quesos sofisticados, de libros, de cultura, de un mundo por deslumbrar, de un espléndido personaje que se sumaba al teatro mundial, ataviado de levita, como académico de Francia, sin haber escrito una sola palabra en francés.
Sus obras, eran ya como fueran éxitos mundiales, polémicos, refrescantes alegatos de liberalismo contra el leviatán del estatismo, del populismo convertido en redentor de las masas y opresor de los pensamientos divergentes…Mario aprendió mucho, más de lo había descubierto como escritor, pero no lo escribió, se lo reservó a su lectura personal por su propia alma.
Y esa demanda no puede satisfacerse con tacañería. Mario había logrado dinero, el suficiente y el necesario para que dama su joya, no tuviera necesidad de nada. Vivía en un Palacete de Puerta de Hierro, y aún separados, Mario soltaba la friolera de 80 mil euros, cada mes, que uno ve en toda la vida de trabajo, para que la dama siguiera siendo deslumbrante, otoñal, vieja, pero sabia, interesante y superlativa.
Mario tuvo la grandeza. Fue parco en su intimidad. Silencioso y mudo, en lo revelar lo que aprendió finalmente del amor y de las relaciones humanas. Su historia rebasa a Romero y Julieta, en escándalo y en la realidad, de que estaba obligado con dos mujeres más.
Se casó son su tía doce años mayor que él, luego siguió con una prima, pero en 2015 llegó Isabel con el gran mundo. Primero la Tía Julia, luego el gran mundo con Isabel, y un largo matrimonio más con Patricia Llosa Urquidi, que llegó cuando ya brillaba pero como autor de este continente, en 1965 lejos del mundo galáctico que lograría. De primos, salen primores, dicen en México.
Isabel sin embargo lo llevó a los cuernos de la luna, a ser un personaje real de Hola, del mundo rosa, del mundo fantástico que existe entre el lujo, la desgracia, la traición, y la aparente felicidad que se presume, que todos envidian y que creen que es el paraíso.
Mario nunca dejo de ver que el paraíso estaba en otra esquina, y que había que buscar una vez y otra, y aún cuando en sus últimos 5 años, quedaban los términos inexorables de una muerte anunciada, pero siguió con valor hablando y escribiendo y viajando, hasta que no se pudo más.
Fue valiente a su manera. Fue valiente como defensor de la libertad contra todos los dictadores. Fue una luz en un mundo proclive a la oscuridad. Pero no intento ser baluarte de la moralidad, sino de vivir su vida y la vivió como un clásico.
Y la vivió como en sus libros, con intensidad, con perfiles que sabes que te atan a un destino inexorable, aunque se vayas al extremo del mundo. Esas mujeres me llaman la atención. Que brillantes, que mentes tendrán, de que hablaban, que sentían.
Ellas siguen, ellas saben secretos del Premio Nobel, frases que nadie más escucho, que juntos aprendieron como un nuevo evangelio de ilusiones. Debieron ser notables en todo sentido. Pero no las describió, no las reveló al menos no explícitamente, están ocultas en los libros, tal vez.
Lo entiendo, porque Mario se dijo, no revelaré lo mucho o poco que se del otro lado de la luna. De mis maestrías en la perversiones y disfunciones, de mis elevaciones y mis caídas. De mis búsquedas o de mis hallazgos. Son algo personalísimo, pero que bien pudieron pasar al papel…y hubieran sido motivo de oro molido a raudales.
Si, a costo del fango de enturbiar las aguas comunes, que luego no se pueden beber. Un caballero no tiene memoria, aunque nunca olvida, como diría mi favorito Somerset Maughan: “ Recuerdas el cielo, porque estuviste un tiempo en él” o era infierno, pero era notable, impositivo, absorvente y valió la pena cada minuto.
Mario vivió todo, lo gozó, lo sintió, fue un maestro de las letras, pero más de la vida. Esas mujeres lograron aportar mucho de lo que logró y lo que nos reveló en sus libros. Podemos pretender que hacemos hallazgos, de lo que dijo pero que intuimos que quiso decir. Supo que su final estaba cerca y todavía nos regaló su último obsequio: “Les regalo Mi silencio”.
Maestros notables, afortunados. Julio y Mario, Mario ahora en el momento supremo de dar cuenta de los talentos notables que recibió con el Señor que nos presta la pluma. No los desperdició, los vivió con intensidad, con genuino sabor de hombre, al que nada de lo mundano le era desconocido, y por ello podía ver más lejos que los demás, hasta verse a sí mismo.
Una formación así se da en una vida. Pero todo empieza cuando comienzas a leer un párrafo de alguna de sus obras: Te dispara a la cabeza, percibes más de lo que dice, insinúa más de lo que expresa, te vuela los sesos, llevándote a sus mundos, a sus personajes. Solo con él y con Rosario Castellanos he sentido eso, en Oficio de Tinieblas.
Para ello pago un alto precio, no en euros, en la vida, y lo hicieron un juguete de las 3 mujeres que marcaron su destino, que fue afortunado o no, pero si intenso, sensitivo, y moldeable.
Salve, Maestro Mario Vargas Llosa, los libros nunca mueren, si no son olvidados.
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