Por Manuel Gutiérrez
Mujer madura, periodista actualmente, luego de ser psicóloga clínica por la Universidad de Monterrey y profesora de literatura del Tec, Roberta Garza ha generado un boquete del tamaño de un coloso en la línea histórica del poder que representa el Grupo Monterrey.
Feminista sin pretenderlo, su carrera periodística apoyada en sus conocimientos la llevó a tratar los espinosos asuntos: Sacred Scandal: The Many Secrets of Marcial Maciel, y los de la secta NXIVM (Nexium) de Keith Raniere, que propuso como camino la esclavitud sexual en su obra: Márcame amo. La verdadera historia de Keith Raniere y sus esclavas mexicanas.
A este historial, Roberta suma otro libro muy intenso, más autobiográfico, como lo es su inmersión en el mundo de Maciel, en que opta por romper los tabúes del norte, sus propios tabúes en su vida personal, al romper con un matrimonio enajenante, tóxico y dependiente.
Roberta es de la estirpe de los Garza Sada. Los hermanos Eugenio y Roberto fueron los fundadores de la Cervecería Cuauhtémoc en 1890, para arrancar un proceso de industrialización sin precedente en México, que vino a gravitar tanto en la política como en la cultura.
Roberta narra cómo fue la historia de los fundadores de Monterrey, el 20 de septiembre de 1596. Muchos de los fundadores de la ciudad y de las familias importantes del lugar eran aparentemente católicos, pero en realidad se trataba de “cristianos nuevos”, es decir, judíos sefarditas provenientes de España, de los cuales muchos siguieron practicando el judaísmo religioso, la ley de Moisés, los documentos religiosos e históricos como la Torá, incluso los libros cabalísticos. Pero muchas de esas familias dejaron en el olvido aquella estirpe, al imponerse en Monterrey el catolicismo.
Eugenio Garza Sada se convirtió en el arquitecto de la sociedad de Nuevo León, creando desde el Tecnológico de Monterrey los grupos de acero Hylsa (hojalata y lámina), Femsa (Coca-Cola y Oxxo) y el Grupo Alfa.
El Grupo Monterrey, en la era de Luis Echeverría, se constituyó en el escollo financiero, político y de influencia social determinante entre sus proyectos populistas y una sociedad desarrollada por el Grupo Monterrey que llegó a tener 33 mil empleados, con vivienda propia, seguro médico y otras prestaciones como educación privada, en un modelo que rompía de manera real con los discursos igualitarios del populismo de la época.
Esto generó que en 1973 fuera asesinado por un comando armado de la Liga Comunista 23 de Septiembre, en que participó el hijo de Rosario Ibarra de Piedra, para luchar contra la oligarquía, preocupación central del sexenio y de la guerrilla.
La Liga fue una mutación del FER nacido en luchas estudiantiles en Guadalajara, pero su radicalismo y formación ideológica, luego de fallar en el intento de controlar la U. de G., buscó la salida del foquismo revolucionario.
Pero al movimiento se sumaron muchos jóvenes, incluso de instituciones superiores privadas, que consideran que no había otra vía que la revolución violenta, acelerados, dice Roberta Garza, por conceptos como la teología de la liberación y un marxismo de inspiración castrista y guevarista.
Esta parte de la historia es contemplada por la escritora, que narra cómo fue el secuestro de un avión Boeing 727 llevado a Cuba por miembros de la Liga Comunista 23 de Septiembre, entre los cuales estaba Dionisio Garza Sada, padre de Roberta.
Uno de los secuestradores, Alberto Sánchez, conoció en La Habana a la hija del Che Ernesto Guevara y en esa relación generaron un hijo, Canek Sánchez Guevara, que posteriormente fue amigo de Roberta.
La sociedad regiomontana fue moldeada por el Grupo Monterrey, no sólo en lo económico. Ángeles Mastretta encontraría aquí un gran reflejo de sus obras, como del estilo de Arráncame la vida, llevada a la pantalla, que narra las vivencias de Catalina Ascencio, sometida a un general revolucionario y gobernador, en un contexto machista; de Mujeres de ojos grandes y Maridos, en que la autora poblana egresada de la UNAM denunció esa forma de vida que era costumbre nacional.
Con Mal de amores, en 1995, obtuvo el premio Rómulo Gallegos; su obra más reciente es Yo misma.
Mastretta, al igual que Roberta Garza, entendieron, sufrieron y escaparon de un mundo opresivo en que la mujer era codificada y reducida a cero. La formación de las mujeres que se casarían con los poderosos empresarios está en Las yeguas finas, obra de Guadalupe Loaeza, que describe cómo del colegio de monjas se pasa a una especie de jaula de vida, aunque con lujos, en una forma de vida que describiría Luis Spota en Casi el paraíso, con una ostentosa moralidad de aparador y una religiosidad muy observante, pero poco intensa, más bien hipócrita.
Roberta, para escribir como escribe, rompió con todo ese molde y una tradición familiar, todo barnizado de una vida de prácticas religiosas y conducción acorde a ese modelo. Roberta se une a las denuncias del mundo machista, no con demagogia, sino con la experiencia propia y la expresión de valor histórico.
Roberta menciona que Eugenio Garza, en 1969, ordenó la “expulsión” de los jesuitas de esa entidad. (Es la segunda expulsión histórica, aunque esta no fue formal, sí fue real como la primera ordenada por el monarca de España). Y una de las maneras fue abrir el camino a los Legionarios de Cristo, de Maciel, que generaron los peores escándalos, pero fue la manera de anular a los revolucionarios jesuitas por los políticamente correctos Legionarios.
Los Garza Sada dejaron huella en la televisión y los medios escritos nacionales. En 1938 compraron la editora Sol, que se convertiría en el diario El Norte. Fundaron Televisión Independiente de México, impulsando personajes como Raúl Velasco, Roberto Gómez Bolaños y Los Polivoces; posteriormente, se fusionaron con Telesistema Mexicano en 1968, lo que daría lugar a Televisa.
Las consecuencias de revelar demasiado el contexto familiar a este nivel la hacen casi proscrita, o muy incómoda; si bien fundó otra familia y vive en Nueva York, plantearon a Roberta una salida probablemente irreversible del núcleo del Grupo.
Actualmente, no aparecen con un poder como el logrado en los setenta, pero no dejan de ser empresas altamente cotizadas y un entorno formidable para operar en todos los sentidos. La historia y los cambios de interpretación que puede recibir la obra de Roberta, sin embargo, no afectarán más que para el registro histórico un tipo de país que ya se ha ido.
Las nuevas generaciones, los cambios, no son reflejados en la disección histórica que ofrece Roberta por ahora. Pero si bien los modos, tiempos y personas pueden aparentemente cambiar, un grupo así no deja de ser lo que siempre ha sido. Sólo que ya no son de un líder personal, son de un consejo corporativo.
Los verdaderos hombres de poder, con un imperio que ahora tiene un perfil diferente, pero cuyo conjunto empresarial, aparentemente dispersado, distribuido, sigue existiendo y pesando para el futuro de México.
Es probable que ya no sea la vocación política la coyuntura de las grandes corporaciones, pero dudaría que este impulso haya terminado. Porque es una variable que puede perjudicar el entorno económico y es mejor controlarla.
Porque el Grupo Monterrey fue la derecha nacional, fue la capacidad operativa que propició tal vez la alternancia y hoy ¿qué hará y qué posición asumirá? Tal vez Roberta Garza pueda o no narrarlo, pero ciertamente no será parte de esa aventura.
Los poderes financieros muchas veces se contraen y se autolimitan a su campo, pero nunca dejan de observar el horizonte, y este malo, sombrío y hasta siniestro de dictadura se refleja en México, como de hecho lo es en México en 2026, con un gobierno en quiebra; es factible que tomen el deseo de intervenir, obligados por las circunstancias. Podrían descubrir que pueden hacer el México que desean, trazado en los ideales de Eugenio Garza Sada, tanto en la ciencia política como en la ética y en la justicia social, otro de sus pilares.
No dudaría de su poder actual, sólo es más difuso señalarlo, agruparlo, pero es un estilo, incluso milenario, de operar y de realizar propósitos grandiosos; aún con las barreras de la religión dominante de la época, lograron prosperar y modernizar al país como quisieron. Crearon incluso un estilo de vida, vigente en su tiempo, como actual puede ser hoy.
Tal vez sea inoportuno decir que esa historia tiene ya un final, aunque Roberta Garza haya roto el molde y el silencio. No me atrevería a asegurarlo, porque incluso Fox pudo provenir de este grupo y otros pueden llegar a ser sus abanderados. De cualquier manera, del desierto hicieron un emporio y un imperio, y Eugenio era un césar, pero puede volver otro.
(Con datos de Laberinto, Suplemento Cultural de Milenio. Ensayo de Rogelio Villarreal sobre la obra de Roberta Garza, Los dueños del norte).
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