
Por Manuel Gutiérrez
Lanzaron una moneda al aire y el destino de la Fórmula 1 está en juego. Hicieron híbrida la categoría cuando nadie se los pidió. Modificaron el manejo dentro de las pistas sin que hubiera necesidad. Jugaron al elitismo y a vender la exclusividad incluso en las cadenas de televisión, eliminando la accesibilidad a cambio de pagos por evento; jugaron a vender suites de lujo en las carreras para jeques o magnates. Por encima de todo, fue un gran volado, pero la moneda puede caer del lado contrario a la apuesta y hacerles perder demasiado.
Liberty Media debe pagar el costo de aprendizaje de un éxito inusitado. La vida real es el día a día y el ayer quedó atrás con sus cifras y ganancias; el reto es repetirlo hoy. La ambición desmedida, sin embargo, empieza a demostrar que hay errores en el camino. Es como si para el próximo mundial de futbol se aplicaran las reglas del “Futbol 7”; los puristas se volverían locos y dirían: “eso no es futbol”.
Mientras la tradición consolida a la IndyCar —con su Pato O’Ward, su Álex Palou y sus estrellas—, las series de Porsche o el GT Europeo divierten y atraen. La Resistencia, pese al prolongado tiempo que demanda al espectador, sigue triunfando. Un ejemplo fueron las 12 Horas de Daytona: con todo y una bandera amarilla que duró horas, ofrecieron precios accesibles y cercanía de la gente con los pilotos y los pits. Esa convivencia, apertura directa y precios justos, hicieron ver a la serie IMSA como la dueña del filón. En cambio, tras el Gran Premio de Japón, la F1 se da cuenta de que esta vez no le está saliendo la jugada, pues ha perdido un 50% de audiencia mundial, y en los deportes eso significa que algo muy grave está pasando.
Los mismos pilotos, empezando por Max Verstappen, indican que son más felices en Nürburgring con autos de resistencia que manejando los F1. El formato actual parece un juego absurdo: acelerar hasta el infarto para frenar en 200 metros, curvar y volver a programar la aceleración, solo para que el rival —que pudo haber reservado más energía eléctrica— te rebase sin problema.
Este tipo de cálculos sobre un factor eléctrico adicional y variable no es lo mejor para el piloto, quien requiere una respuesta concreta. Lo ideal es acelerar a fondo, frenar lo más tarde posible dentro de una ruta ideal y no estar compensando cargas de energía que convierten la carrera en una lotería. El secreto de las carreras es ir lo más rápido posible, y eso es precisamente lo que la F1 suprimió. En cuanto al manejo de masas y cobertura, la F1 es hoy lo contrario a la FIFA: está jugando contra “el librito”.
Luego de una popularidad increíble, la F1 se vio en el gran escenario del Super Bowl o del Mundial. La serie de Netflix y la película con Brad Pitt sumaron, pero antes las coberturas iban desde transmisiones libres de comerciales con especialistas hasta canales abiertos. Ciertamente, el costo no es problema para la mayor parte de sus fans, pero es contraproducente cuando quieres mantener un deporte entre los reyes de la popularidad. Verlo en el teléfono no sabe igual… no es lo mismo.
Incluso cuando pudieron transmitir las carreras en vivo en salas de cine en 70mm, la F1 jugó rudo. Sus souvenirs —a veces corrientes pero con logos de Mercedes o Aston Martin— demostraron que era absurdo comprar prendas carísimas que no se sabe si sobrevivirán a la lavadora, vendidas como si fueran un nomex oficial.
Estamos en un punto de inflexión. Los conocedores de la F1 representan apenas el 40% de la afición; el resto se posiciona por la presencia de “Checo” Pérez o simplemente por moda. El problema es que la gente conocedora se siente defraudada. Un ingeniero seguidor de Max y de la categoría me dijo con gran desencanto: “Esto ya no es la F1, es otra cosa”.
La F1 vio en la popularidad la puerta abierta para hacer más dinero. Hoy un equipo vale lo que antes valía toda la categoría, pero los precios aumentaron en todas partes. Vendieron, sí, pero no se debe castigar al nuevo espectador hasta que sea un fanático “de hueso colorado” ferrarista.
La F1 creyó que con los comentaristas oficiales, el canal oficial y la narrativa institucional convencería a todos. Olvidó que este deporte sobrevivió gracias a los puristas, aquellos que lo han amado desde otras eras y saben del asunto porque han estado cerca de la experiencia de correr un rally o, al menos, un arrancón. A esa gente no se le puede dar “gato por liebre” usando una narrativa populista: la F1 se empeñó en decir que “estamos requetebién” y que correr así es la gran emoción, un spin retorcido que conlleva engaño.
Si opinas distinto, te tachan de ignorante o renegado. Pero la tradición en el deporte obliga a respetar ciertos parámetros. Por ejemplo, observando el balón del próximo mundial, descubrí que los meten al túnel de viento para crear efectos aerodinámicos. Sin embargo, la modernización no suple al hombre, quien debe practicar miles de veces para descubrir los efectos de la nueva pelota. El resultado no altera la sustancia del juego.
La FIA y Liberty no acreditaron un estudio profundo; pusieron a todos a diseñar nuevos motores y a los pilotos —incluso a veteranos como Fernando Alonso— a reaprender cómo manejar. Debieron experimentar en una serie alterna, observar y reportar. Tienen la F2 y la F3, que son verdaderas “peleas de perros”; quizá ahí debieron hacer el experimento. Hoy los pilotos reniegan y los resultados solo favorecen a Mercedes por su presupuesto.
La expansión con Audi y Cadillac busca ofrecer espectáculo en un mundo que ha regresado a la combustión interna por lo que resta del siglo. Mientras los modelos comerciales resucitan motores poderosos, se vuelve a disfrutar del olor a gasolina y la velocidad, pero no precisamente en la “categoría reina”. La F1 quedó entrampada en un intento de cambio, pareciéndose cada vez más a la Fórmula E.
Nadie quería eso. Queríamos rugidos de metales sufriendo, fuego en los escapes, sinfonías de motores V8, humo de neumáticos con varios proveedores y la incertidumbre del piloto tratando de sacar una milésima de diferencia con los frenos al rojo vivo.
Algo pasó. Bernie Ecclestone y varios pilotos advirtieron tras Bahrein que la F1 estaba en su apogeo y no escucharon. La mente estaba puesta en quintuplicar el valor de lo invertido. Es una enfermedad de concentración de poder: creer que siempre se tendrá el control y que la gente seguirá pagando y aclamando. Olvidan que el aficionado tiene análisis mental y es capaz de resistirse al engaño.
Ni en la política el poder dura para siempre —lo vemos en México, donde se acude a mentiras cínicas mientras se agudizan las críticas—. Si la F1 se cierra en la soberbia, perderá más seguidores y sus valores se depreciarán como joyas defectuosas.
En el deporte se olvidan de una verdad que me enseñó el Maestro Gamaliel Ramírez: “El resultado lo dice todo: puedes o no puedes. No hay más, el contexto justificatorio sale sobrando. ‘Jugamos como nunca y perdimos como siempre’ es de fracasados; ganar lo es todo”.
Si la audiencia sigue cayendo, veremos a la F1 retorcerse como serpiente furiosa para buscar soluciones o, por el contrario, hundirse amarrada a la mentira. Esto aplica para toda la realidad.
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