
Por Manuel Gutiérrez
En esta Capa y Espada abordaremos dos temas que intento relacionar: Uno es Downton Abbey, literatura hecha televisión y el otro, para el punto de partida de Elena Poniatowska, “La Flor de Lis”, en que la magistral pluma con todo su poder revolucionario y conservador al mismo tiempo, nos lleva a un viaje que actualmente pocos comprenderán, porque la nostalgia es algo que parte de lo que se recuerda, que se conoció y que merece ser revelado.

El tema me parecía diluirse en las tendencias de la modernidad en que lo gay se decreta como arte, solo por serlo. En Downton Abbey, les encanta señalar la referencia: Oscar Wilde, es decir un talento que brilló por encima de su condición o de su elección, en una época en que esas tendencias arrastraban a la cárcel pletórica de punición y que de hecho lo enfermaron de muerte.
En el caso de Poniatowska, Flor de Liz, es un anuncio que pudo encontrarse desde 1920 al México de 1950, de una tamalería que los ofrece de mole rojo, verde, y dulces y se visten Niños Dios.

La historia lleva a la enfocar la madre de Elena, una blanca mujer de gran elegancia, sensualidad y gracia que mismo brillaba con sus hijas en las que se preferencia la narración,primero como una familia aristocrática francesa, en un ambiente de hijas de la nobleza, con reales nexos con la crema de la crema.
Partiendo de la fascinante madre, una modelo de equitación, una rubia diosa adorada por los toreros, preferida en los salones, parte a enfoca su alter-ego en su hermana Sofía, dotada de cualidades gimnásticas y de fervor por la danza.
La crianza, las nanas, la forma de vida, de alimentarse, de ser niñas bien marcan en Poniatowska un parte aguas para la admirada autora de las Niñas Bien, Guadalupe Loaeza, que no plagió como es la moda, sino desarrollo un espejo de la gente bien de México, de sus clubes hípicos, sus lujos, de sus modas, sus defectos, pecados e intenciones.
Poniatowska lleva a un viaje contenido en viejo cine mexicano, en costumbres observadas en mis antecesores – igual que en el radio, el cine, la llegada de nuevos alimentos como el pan bimbo, el jamón, luego el yogurt- que vivieron en ese marco. El retrato social y de época en Elena es preciso, colorido y a la vez crítico, aunque no puede dejar de reconocer ese algo especial de la casta divina.
En forma paralela, esa lectura coincidió con Abbey, de Julian Fellowes, una gran pluma (o guionista) del calibre de Ken Follet y signo sucesor de Jane Austin. (cuando me gusta algo puedo exagerar).
Ver como parten del inicio del siglo con el hundimiento del Titanic, las costumbres, la sociedad, y la evolución, sobre todo la alteración de los roles sociales encarnados en actores que realizaron bajo diversos directores, un sobervio trabajode época, actores y dirección, con un fondo musical que no se impone, sólo acentúa el drama.
Serie en que podrá reconocer alguna bruja legendaria de la serie de Harry Potter, y a una madura Elizabeth Mcgovern, en el papel de la madre, en duelos actorales de maestros, arriba y abajo.
Abbey es un mundo paralelo, los la parte de arriba, los señores y señoras, las hijas, y su abuela, notable y tal vez destacadísima la parte de abajo, de la servidumbre, pero también intensa como la otra cara de la luna con emociones entrelazadas arriba y entre ellos.
La trama es la vida, comenzando con la guerra mundial, lassecuelas, y la llegada de la modernidad, tanto en aparatos (que ahora no entendemos su importancia) como el gramofono, la tostadora de pan, o la batidora de cocina… el mundo eléctrico.
En el mundo europeo de Poniatowska, se produce un exilio de Europa por la segunda guerra, en que su padre participó como paracaidista aliado y regreso para contarlo. La migración a México se dio en calidad de refugiados, porque la madre paradójicamente tenía la nacionalidad mexicana y de ahí llega Elena niña, con sus ojos bien abiertos, que todo captan, y luego juegan en su pluma con contrastes que deleitan, venenosos en ocasiones, degradantes, pero sinceros. A la par las costumbres del México de esos años ante los extranjeros que dicen ser mexicanos.
Un México de sal de uvas, una ciudad que era entonces de dimensiones humanas, una historia humana rica en que las francesas desde su hípica y desde sus círculos, encajan para deleite y asombro de la gran sociedad. Los apellidos de dinastías célebres del primer medio siglo de México, desfilan en el escenario con tonos vivos, colores intensos.
La obra puede parecer solamente nostálgica, como Abbey. Pero los cambios sociales, los dramas personales van marcando a personaje con sus dilemas, muchos de ellos entre los arquetipos de valores tradicionales, y las evoluciones de la vida moderna en que se ha caído en el relativismo como extremo de la decadencia. Cada personaje es un castillo, con pendones desplegados de altruismo, aspiración, deber, honor, verdad, belleza frente a intriga, mentira, arribismo, engaño y decadencia.
Abbey es un mundo cambiante y vivo, no una pieza de museo congelado. Las eras como los automóviles van cambiando magistralmente en un dechado que hace que Netflix, valga la pena y que el mundo aclamara esta serie.
En el caso de Elena, hace un tour de fuerza, al meterse con la religiosidad de la época. Las jóvenes de la mejor sociedad son sacudidas por un sacerdote modernista francés, el Pere Teufel.
Uno se asoma a los orígenes de Marciel, de los Legionarios de Cristo, de las Misiones del Espiritu Santo, hasta se topa indirectamente con la Santa Concepción Armida Cabrera, recientemente canonizada lo que en tiempos eclesiásticos es poco, como novata en los altares.
El Pere Teufel, sin embargo pretende crear una nueva orden, con una visión mundial diferente, anticapitalista y socialista, pero su poder se asienta sobre todo entre las jóvenes scouts, entre las mejores yeguas finas de la sociedad y la tentación termina por descarrilar todo a tonos de escándalo, arrastrando o confundiendo un celo misionero, reformador, o subversivo que supo motivar en las niñas bien.
Para Elena ese es el origen del populismo, supo leer a Maritain, y otros pensadores revolucionarios; el misionero, se recupera de sus delirios y pecados la vida sigue, aunque nada sea igual.
En Abbey la religión transcurre entre la Irlanda en pugna, y entre la historia y la división con los anglicanos, de los cuales la reina es la suprema autoridad, no el papa. Acercarse es atrevido.
Las confrontaciones de la familia entre ambos son abordadas con inteligencia, con finura y con posiciones, pero no detractores de nadie.
Temas como los amores previos al matrimonio o pese a este estado, el aborto, el racismo, la presencia de un astuto gay, dan pauta a enfocar desde la historia y desde el punto de vista el patriarcal de Abbey el asunto, para situarlo históricamente como fueron, como son. Ni más ni menos. Ni propaganda, ni condena: Un sitio exacto en la balanza de la vida, ese es el mérito.
En Elena las descripciones de los ejercicios espirituales, el marco de lo que posteriormente seria teología de la liberación latente antes del concilio, surgen con sacerdotes intelectuales, extranjeros y encantadores, capaces de subyugar a la mejor sociedad como sigue ocurriendo actualmente entre destacados ministros que mueven a la alta sociedad, sean Legionarios, Opusdeistas o Jesuítas, todos finalmente tienen alma.
El efecto, la crítica y la falta de condena de la pérdida de la inocencia de las jóvenes protagonistas ante la realidad humana del clero, que puede fallar y levantarse, resultan la tangente dominante de la obra con Elena, reflejados en sus personajes creo que encubrió el tema central.
Luego detiene el tiempo, cierra la obra con un remate de cromo general, en que todo forma parte de una era, que no se ha ido del todo. La religión de la fifí Elena, -y no es despectivo porque ella lo admitió- tendrá nuevos crisoles como en su enfoque de las devociones y creencias del pueblo, en su personaje central en “Hasta no verte Jesús Mío” otra magistral novela.
Elena es una escritora del catolicismo, sin pretenderlo, comoexplicación de un tiempo y una forma de ser de la sociedad de un México plural, diverso, pensante y a la vez ignorante, sensible e indiferente, todo a la vez, como espejo colectivo, pero no pretende convertir o exaltar, lo pone en centro de la realidad, con su valor real.
Abbey es también un espejo de la historia, tal vez inglesapero cuya procedencia tiene similitudes en todo el planeta. Cierto no vivimos con “Lords” pero si con “Caciques” y antes “Hacendados” y fuimos un mundo agrícola, feudal, cerrado y anti moderno y post revolucionario sólo cambio el nombre del amo.
Pero con una cultura de visión de la vida, y de los hechos, que creo en muchos casos se ha ausentado de las grandes mayorías, y antes, era un modo de ser y pensar cultural – aunque carente de letras y números- que tal vez el poeta López Velarde, plasmara en su complejísima Suave Patria,porque cada vez le descubren nuevos contenidos paralelos, una segunda intención según cada época.
De la misma manera, Abbey es poderosa y Poniatowskaatraen, subyugan, irritan y aterran, por su caudal creativo,nunca Elena ha fallado en ninguna de sus obras.
La televisión de calidad como Abbey o lecturas como La Flor de Liz, tienen los mismos reflejos humanos, dramáticos, absurdos o geniales que hacen de alguna manera molde, de lo que siempre somos, aunque cambien los tiempos.
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