
Por Manuel Gutiérrez
“Nunca se rindan” fue la frase de vida y de muerte de Alexei Navalny, el candidato político opositor cautivo de Rusia, el preso político más famoso del mundo actualmente, el hombre que desafió con su vida en prisión injusta a un régimen opresor sobre el que pesa su muerte que impacta a Rusia, a Europa y nos recuerda que Putin, es un digno sucesor de Lenin, de Stalin, en la capacidad de generar la muerte a la democracia, a la vida y a la libertad.
No fue necesario dispararle. No fue necesario ahorcarlo. No fue necesario hacer más por sus crueles carceleros que seguir la órden de Putin, de atormentar a ese hombre hasta que se quebrara, hasta que sucumbiera.
Alexei Navalny, aceptó regresar a Rusia, para ser un llamado a la conciencia de los ciudadanos. Había sido envenenado en el 2020, y estuvo en Europa, en Alemania para su recuperación, pudo pedir asilo político a cualquiera de los países europeos, pero regreso a Rusia, en que de nueva cuenta se le impidió hablar, hacer política, reunirse, manifestar sus ideas.
De inmediato la fábrica de delitos falsos de Putin, en un poder judicial abyecto y sometido al estado, -por eso siempre debe ser independiente-, tomó la tarea de acusarlo de delitos comunes, y de internarlo en un campo de prisioneros lejos de la vista de Occidente, cerca del Círculo Polar Artico, en un nuevo campo de concentración.
Navalny padeció hambre, frío, trabajo forzado, malos tratos.
Su alimentación era inadecuada y sus enfermedades agravadas por el cruel clima ártico, así como por la incomunicación total.
Navalny debería estar haciendo actualmente su campaña rodeado de miles de ciudadanos, pero el miedo de Putin se lo impidió. Pasó a encargar a las perversas autoridades carcelarias, mano dura y el peor trato posible para el hombre que habría ganado las elecciones por mayoría, en una contienda democrática real en Rusia.
La enfermedad de Navalny fue denunciado por Europa News, DW y por BBC y por los medios estadounidenses, que advirtieron que nunca se le atendió.
En las muchas formas de matar, no es necesario disparar o apuñalar a alguien, siempre se le mantuvo en las peores condiciones posibles, pero eso si, le dieron la opción de que el tormento terminara, bastaba reconocer al Putin, hablar de lo equivocado que había estado al oponerse a Putin, bastaba admitir que Putin consuma con el neozarismo, una nueva grandeza militar de Rusia, una expansión imperial, admitir que Putin es la Patria en su persona, que es el destino, que es perfecto, que es el autor de una nueva y falsificada historia de Rusia y de Ucrania que hay que creer. Doblegarse y vivir.
En eso nunca lograron doblegar a Navalny que desde el silencio de su celda, desde el frío polar y del mal trato luchaba cada día por sobrevivir, pero nunca rendirse. La desigual lucha terminó, pero no se puede decir que Putin haya vencido.
Todos los países que conocen el caso, hablan de “asesinato” y culpan al Kremlin, por su muerte.
Putin debió darle el trato humanitario que las leyes internacionales consagran para un preso, buscando la preservación de su vida, condiciones seguras de supervivencia, atención médica, dado que el crimen era político, luchar por la libertad de Rusia.
El sistema ruso, desde la era de la Unión Soviética, busca quebrar a los hombres y mujeres que se le oponen, pero muchos sobreviven y hasta lo denunciaron mundialmente, como el Gulag de Alexander Soljenitsin, que tampoco se rindió. Miles de hombres siguen siendo enemigos del estado por ser opuestos al caudillo imperial.
A ello se les extermina lentamente, con hambre, con frío, con falta de sueño, con fatiga extrema, deshidratación. Hacerlo en el caso de Navalny evidenció la poca capacidad de cálculo político de Putin, porque en lugar de exhibirlo en sus buenas condiciones y la legalidad de su proceso, lo convirtió en un muerto en vida, en espera que el silencio y el olvido lo sepultaran y lo borraran para siempre.
Hoy en Rusia, saben que Alexei, no se rindió. Que escribió y dijo cada una de sus palabras y la firmó con su vida. Hizo el doloroso plebiscito que se opone a las tiranías, el plebiscito de los mártires, que llevan su testimonio hasta el extremo.
Sabía lo que hacía, y que el morir así iba a pesar en el mundo, para condenar a Putin. Falló la visión del sucesor de Iván el Terrible. Su trato para sus rivales es el exterminio.
Zelenzky no dudo un segundo en hablar de “asesinato” del gran ruso opositor.
Hoy Putin, perdió, al morir Navalny. En plenas elecciones, cuando se arma todo para que llegue al poder y se mantenga hasta el 2030, pero con un fantasma que grita en su conciencia que no pudo derrotar.
Navalny. Un grito silencioso pero que escuchó en todo el mundo, un preso menos, un mártir más de la libertad amenazada por un caudillo delirante de grandeza, en un estado totalitario de nueva cuenta, dado que Rusia, muy poco ha vivido la democracia, o más bien nunca.
En la era de los zares, la policía secreta Ochrana, perseguía a los revolucionarios, pero con la toma del poder bolchevique, comenzó una guerra de exterminio, entre los que tenían el poder y la forma de eliminar a su propio pueblo, eras incondicional, no existías. Todo con el partido, nada contra él. Todo es bueno con caudillo, aunque el país se desmorone porque así lo impone la cepa de los caciques y haya hambre, delito, corrupción, inseguridad, desempleo, y para colmo una guerra estúpida que está costando demasiado sin resolverse.
Por ser campesino, maestro, emprendedor, comerciante, profesionista, religioso, intelectual, no sometido al régimen o por ser de clase media era señalado, etiquetado y rechazado y condenado como enemigo del pueblo. Eso fue la dictadura del proletario, el extremo de la polarización que se ve en otras partes, paso esa pesadilla, pero luego llegó Putin.
La misma historia y la misma forma de gobierno dictatorial de siempre sigue en Rusia, llamase como se llame. La misma historia que se repite en intentos de reelección sin importar las latitudes en el mundo.
Navalny siempre estuvo en condiciones de celda de castigo y de trato disciplinario especial, con la máxima dureza, pero no se rindió.
Le hizo tanto daño al prestigio de Rusia en sus instituciones fallidas, exhibió su miseria judicial, y sus jueces títeres, -electos por el poder- exhibió la represión de la vida en Rusia con el autoritarismo, como al dictador Putin, no se rindió y el verdugo cayó en su trampa creyendo que era una víctima más, sin entender que con su muerte, representaba a los desconocidos que mueren y desaparecen en la nueva era de Putin, y el neozarismo imperial, sólo recordados a la distancia por algún familiar cercano.
Porque no se debe hablar de ello.
Para eso murió Navalany y hoy todo el mundo habla de ello, aunque la censura se oponga o el Kremlin fabrique una versión que lo justifique para controla la televisión, las agencias oficiales y los súbditos que propagarán la versión oficial, mientras circula clandestinamente otra en cada ciudadano. Y todo tiene causa y efecto.
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