
Por Horacio Villaseñor Manzanedo
Un presidente llegó a su encargo en el gobierno conduciendo un vehículo modesto, no aceptó tener equipo de seguridad especial, tampoco permitió que, mientras él fuera presidente, alguno de sus parientes fuera empleado gubernamental. Demostró que se podía hacer obra pública, de gran magnitud, sin pedir empréstito alguno, con recursos propios del Estado mexicano únicamente; que en lugar de vender propiedades públicas se podían comprar terrenos y fortalecer el patrimonio del pueblo. Tuvo el talento y la capacidad suficiente para hacer lo que antes nadie había podido hacer, evitó la corrupción, mejoró el ingreso de la hacienda pública, sin aumentar impuestos. Todo lo que el gobierno pudiera hacer directamente, lo hizo, generando ahorros importantes para el erario. Los más pobres, fueron atendidos como nunca, rompió paradigmas, demostró que, si hay aptitud, a los gobiernos no les hace falta dinero, ni a los periodos de la administración gubernamental, tiempo. Con sentido común e interés público, propuso solo contratar empresas privadas para lo que se tuviera que hacer eventualmente y lo del día a día, lo solucionó con los empleados de gobierno, para evitar sobrecosto. Me refiero al presidente que gobernó Guadalajara, Jalisco, hace 44 años y que, por como hizo las cosas, fue calificado, socialmente, como uno de los mejores alcaldes que ha tenido esta ciudad. Ruiz Orozco (2020) lo describe como “Hombre de indudable talento que combinaba un carácter fuerte con una gran suavidad en el trato. Su cultura, que era basta, le hacía un charlista excepcional y su sentido del humor, reflejo de su inteligencia, favorecía largas jornadas de trabajo en un ambiente cordial y afectuoso”. Gobernó Guadalajara, de 1980 a 1982, junto con un buen equipo de ediles y, tres años le bastaron para pagar las deudas heredadas, hacer lo que nunca más alguien ha podido, sin pedir empréstito alguno. Aumentó 33% la tierra municipal que recibió, adquiriendo grandes extensiones de terrenos particulares, donde construyó tres parques públicos gigantes y un panteón municipal. Con arquitectos de prestigio internacional, edificó oficinas públicas, calzadas, colectores, mercados, unidades deportivas, guarderías y hasta un planetario, con la tecnología más moderna del momento. Cambió todo el alumbrado público de la ciudad, logrando que, en esa época, Guadalajara fuera, entonces, la ciudad mejor iluminada de Latino América. La basura de casa se recogía por las noches y creó el servicio de aseo contratado para giros comerciales e industriales. Construyó, también, la primera planta de transferencia de la ciudad y la equipó con suficientes tractocamiones para llevar basura a los lugares de tratamiento y amplió la capacidad de la planta de reciclaje. Fue tan buen administrador que la gran ciudad, con recursos propios, logró ser un lugar limpio, arreglado y seguro, que gozaba de reconocimiento internacional. La gente vivía con tranquilidad y orgullo. Otorgó servicios públicos que sí servían, que solucionaban, no como ahora que se gasta en servicios que no logran su fin. No solo no dejó deudas a la siguiente administración, sino que, además, le sobró dinero y lo dejó en las arcas municipales. Arregló la “gran casa” de todos, las administraciones siguientes solo tenían que seguir haciendo lo mismo. Con tanto tonto, honesto o no, hoy Guadalajara es un desastre, nada está bien; mal el agua, mal el drenaje, mal la limpieza, mal el tránsito y la seguridad, todo mal. Hace mucha falta gente como Don Arnulfo Villaseñor Saavedra, personaje capaz y austero. Recuerdo que, un día le preguntaron, “Señor licenciado, ¿qué hace con sus trajes viejitos? sencillamente respondió, “me los pongo”. Pongámonos, también, las pilas. Este año, elijamos bien.
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