
Horacio Villaseñor Manzanedo
Claro, si usted es ciclista y lo público no es su especialidad, dirá que el idiota es otro, pero trataré de explicarme. Veamos, de acuerdo con la constitución nacional, el municipio debe ser gobernado por un ayuntamiento, integrado por los regidores, todos los que entraron porque ganaron la elección y los que perdieron, no por mucho, con base a una fórmula electoral y el síndico. Por cierto, los que perdieron, eran contrincantes en la elección, pero al entrar al gobierno, deben ser neutrales, son regidores de un ayuntamiento colegiado, y deben oponerse a toda iniciativa tonta, en el entendido de que no son regidores de oposición, solo minoría, pero gobierno al fin. Cuando alguien propuso construir ciclovías, debieron oponerse a semejante “tomadura de pelo”, argumentando racionalmente para evitar se gastara en una política pública que beneficia solo a una facción, a un pequeño grupo de personas unidas por ideas o intereses comunes. La obligación de todo ayuntamiento, al respecto, es el tránsito, el espíritu de esa disposición es garantizar condiciones para poder, todos, transitar en la ciudad, segura y cómodamente, y llegar a tu destino sin contratiempo. No hay política pública neutral, pero sí brutal, cuando beneficia a pocos y daña a muchos. ¿Cómo se tomó esa inútil decisión?, ¿son más importantes los ciclistas que los conductores de vehículos? o´, ¿se tomó esa decisión porque era más fácil y conveniente para algunos? Si hubieran decidido solucionar la movilidad vehicular, determinándolo como el fin primordial por la gran cantidad de personas que se beneficiarían, no hubieran estrangulado calles, porque al hacerlo, sin hacer nada inteligente para que no se dañara el tránsito de automotores, se obró en contra del tránsito de la mayoría de las personas. Es cierto que en democracia no hay una sola manera de hacer las cosas, pero si hay maneras inteligentes y tontas. Si alguien creyó que, haciendo ciclovías, la gente se bajaría de su auto y se subiría a una bicicleta, pues puede ahora constatar que no fue así, algunos ingenuos, compraron la idea y la bicicleta, la usaron un tiempo y ya la guardaron. Nadie va a llevar a sus hijos a la escuela en bici ni hará traslados largos en ella si tiene la posibilidad de otro transporte mejor. Las buenas intenciones, no siempre son inteligentes, solo si hay ciencia pública en una decisión sí puede haber “one best way”, si el fin se decide correctamente, los medios y los pasos a seguir serán claros. La política pública solo se considera útil si la solución beneficia o hace feliz a mucha gente, no a un grupo de interés o algunos activistas y, menos si daña a la mayoría, las ciclovías no fue buena idea. Sin experiencia en la gestión pública, una visión sinóptica era imposible, los gobernantes y sus cuates, en turno, sin capacidad técnica ni tecnológica, tuvieron visión corta. El experimento de construir ciclovías, probablemente para alguien fue un buen negocio, pero para la ciudad, un desastre. Los ingenieros “con ingenio”, de antes, calcularon el ancho de calzadas, avenidas y calles, para que, aun aumentando en el futuro el parque vehicular, en horas pico se pudiera transitar a la velocidad máxima permitida, también, ellos sabían que un carril con anchura menor a 3 metros contribuye a accidentes múltiples vehiculares. No sé quién fue el tarado que propuso disminuir el número y ancho de carriles en calles para construir ciclovías, el colmo fue haber dejado vialidades con un solo carril, donde el vehículo que circula detrás de un camión de transporte público tiene que irse deteniendo con cada parada, junto con él, y si se descompone o tiene un accidente, nadie pasa por allí, porque no se pueden hacer a un lado. Para solucionar la inmovilidad y lograra el tránsito pretendido en la constitución se deben hacer cosas distintas. Ahora el costo económico en conservación, limpieza, mantenimiento de las ciclovías, el costo social por el colapso vial y los accidentes será muy alto. Las ciclovías no pasan un análisis de costo beneficio. Si se desea reparar el daño hay que reconstruir la ciudad. ¡Ni hablar!
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