Por Manuel Gutiérrez
En 1971 surgió una película tan simple, tan elemental, que nadie hubiera creído que sería una cinta de alcance mundial. Se llamó Melody.
La autoría es de Alan Parker, quien la planteó como una historia sencilla: una relación de amor (puppy love) entre un niño y una niña de una escuela, vecinos.
La historia se afianza en un documental real sobre la escuela en Inglaterra en ese tiempo. Es decir, se observan el salón, el método de enseñanza, la corrección con vara, el latinismo, la solidez de un programa educativo que incluía desde el derecho, el civismo, la ética, las matemáticas y el lenguaje. Pero adicionalmente, sin ser una escuela privilegiada, las niñas aprendían ballet y los niños, como el protagonista, a tocar el cello. Una educación muy completa.
Es decir, una educación que supera entonces y aún hoy nuestros alcances. No por costosa, sino por diversa, con una amplia actividad atlética, deportiva, desfiles y ceremonias.
La cinta logró pasar al imaginario mundial porque reflejó cómo eran los escolares de ese año en Londres, y en ellos nos vimos en parte: en identidad cronológica, en simultaneidad de los mismos problemas. Pero no percibíamos la diferencia de calidad de enseñanza.
La película triunfó porque se hizo con ambición. Pese a su diseño documental, contó con dos figuras consagradas: Jack Wild y Mark Lester —este último, un niño ruso con un nombre muy complicado, pero cuya presencia angelical, al igual que la de Jack como duendecillo o diablillo, resultaba creíble, fuerte, genuina—. Una niña modelo, Tracy Hide, hizo un trabajo que redondeó el éxito, reflejando la descomposición familiar: el padre en el bar, su vida en un multifamiliar de Londres, los anhelos de ese tiempo y las implicaciones románticas que tuvieron reciprocidad y dieron una singular vivencia a los protagonistas.
Claro que Melody se hubiera olvidado pese a su registro de la educación pública de Londres, sobre todo para México —que está alejado de la OCDE y su prueba PISA— porque los resultados de la evaluación muestran en el espejo de la realidad nuestra pobreza académica, nuestros bajos resultados, pese a los 3 millones de niños del sistema de primarias y de contar con casi 300 mil escuelas… pero no queremos conocer nuestra realidad.
Las escuelas de México se diferencian desde el momento en que nacen: por el/la director(a) y el tipo de personal que las integra. Luego, por la ubicación. Hay escuelas públicas con lista de espera para admitir, porque se les reconoce su disciplina, sus valores formativos, su nivel de enseñanza e incluso el campo de innovación hacia el cómputo y las articulaciones robóticas.
Pero no es todo así. La historia de Melody se potenció al futuro y se consagró por el soundtrack que hicieron los Bee Gees: First of May, To Love Somebody, Melody, entre muchos éxitos que acompañan un documental realista, en el que los niños elegidos pintan su realidad, pero hablan muy poco; conviven, se aíslan, se buscan, se declaran el amor que tienen desde hace una semana y que podría durar hasta 50 años —o el equivalente a 100 semestres— al leer un epitafio en un panteón, que es su refugio.
La historia no tiene una salida exitosa: un intento de boda que resulta un alarde infantil, sin sentido, porque nadie escapa de la realidad, aunque huyan temporalmente. El amor infantil puede durar mucho tiempo y cambiar las decisiones y la vida de una persona, pero su realización está fuera de alcance.
El final es una rebelión ante el sistema sólido y ancestral de enseñanza. Se provoca una suerte de protesta de los alumnos con el pretexto de la relación de los niños. El efecto de la historia consagró este último trabajo de estos actores infantiles, que habían conquistado el mundo con el musical Oliver, sobre la obra de Charles Dickens, en 1968, y que fue un éxito mundial pese a su sesgo musical, al que se agregó como leyenda Tracy Hide haciendo un trabajo que marca la vida a una temprana edad. Tracy alternó con los monstruos sagrados, pero ella tuvo la calidad en forma natural.
Objeto de culto, la cinta siguió la tradición de venerar el ámbito escolar como una etapa sensacional de la vida, desarrollándose como un acto de amor entre el educador y el educando, como el estilo de Adiós, Mr. Chips con Peter O’Toole, o después vendría La sociedad de los poetas muertos, con el estilo inigualable de Robin Williams.
Pero ninguna otra cinta enfocó un tema tan documental y curiosamente romántico como la de Melody, mostrando lo que era la primaria inglesa. Hoy, después de nuestras reformas, de los cambios al libro de texto para crear la niñez militante de la 4T en un estado autoritario, no se ha llegado a nada con una reforma que se aplica a criterio de quien la debe realizar, y con textos defectuosos y comprometidos con ideología.
Vea. Disfrute de la música, porque los críticos actuales la catalogan como obra maestra. Y en su tiempo, no fue tan glamoroso el comentario, pero en lugar de desvanecerse, se hizo más valiosa: una joya de ingenuidad premiada con taquilla de oro, que encerró una cápsula del tiempo.
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