
Por Manuel Gutiérrez
La Gobernadora que no sabía que los colaboradores de Rocha Moya ya estaban en poder de los Estados Unidos porque no había visto el teléfono, saltó a la estelaridad del Picadillo Circus con la peor intervención que haya tenido en materia de seguridad y relación con el Ejército, la cual recaló en Palacio Nacional.
Yeraldine o Geraldine Bonilla Valverde —al parecer hasta el nombre está mal escrito— es la gobernadora interina que suple la licencia de Rubén Rocha, quien está oculto y no sale ni a tomar el sol por temor a los drones. Rocha ve a cada paso riesgos mortales, porque muchos no desean que aparezca en el banquillo de los acusados.
Pero la 4T, en su fantástica provisión, nombró a Yeraldine, quien se encargó de armar un cohete peor que el estallido de Amatitán, Jalisco. Resulta que la Gobernadora atacó directamente al jefe militar de la Novena Zona, que corresponde a Sinaloa. El general se puso más verde de bilis que su uniforme. Yeraldine alegremente le aventó la bronca por la violencia incontenible en esa entidad —centro de “abrazos, no balazos”—. El General de Brigada Santos Gerardo Sotomayor escuchó asombrado que el Ejército es culpable de haber sembrado e impuesto como secretario de Seguridad a Gerardo Mérida Sánchez, actualmente en poder de la justicia de los Estados Unidos.
“El Ejército metió a un criminal en su gabinete” —dijo ella, lo que hizo que el general pasara a un rojo tomate más cercano al cátsup por la indignación.
“Respete a la institución; el Ejército Mexicano arriesga la vida todos los días en las calles de Sinaloa por los errores y falta de control del gobierno civil”. Santos reviró que la imposición fue una decisión política que el gobierno de Sinaloa aceptó (pertenece a Morena y fue manejado por AMLO). “Es cobardía querer lavarse las manos y usar al Ejército como chivo expiatorio de su incompetencia para gobernar”.
Las invectivas volaron de un lado a otro y el General Santos prefirió retirarse; abandonó la reunión con la interina y solicitó a la SEDENA su cambio de plaza. Se dijo que venía, entonces, a comandar la XV Zona Militar de Jalisco. Abundó en su petición que no existen en Sinaloa las condiciones mínimas ni la coordinación para trabajar con el gobierno estatal.
Esta es la crisis que la Presidenta justifica casi como una vida normal, placentera y productiva… Pero el raspado fue el General de Brigada Julio César Islas Sánchez, que estaba en Guadalajara con un perfil más diplomático. El General Santos no alcanzó a tomar el control de la XV Zona Militar cuando, ¡pelas!: con la idea de que la oposición no manejara un asunto tan mediático en una plaza tan delicada, optaron por removerlo.
¡Ay, Yeraldine!, eres peor que los Chapitos y los Mayitos, porque la bronca que armó escaló más alto y al pobre General Santos lo metieron a la congeladora. Jalisco pasó a un interinato con el General de División Héctor Ávila Alcocer, de la Tercera Región Militar.
Pero el show de Yeraldine no terminó; la bronca escaló a Palacio Nacional. Ahí se dijo que Gerardo Mérida fue una imposición del Ejército por el anterior secretario de la Defensa, Luis Cresencio Sandoval, quien terminó siendo militante de Morena. Pese a su jerarquía, le ganó el afecto por los beneficios que López Obrador les dio a los mandos militares, lo que hizo que el verde le quedara leve al actual general secretario, Ricardo Trevilla Trejo, quien advirtió que los civiles del gobierno de la 4T en Sinaloa están buscando sacudirse la peste cochambrosa que los llevó a una guerra civil y al narco-estado, culpando al Ejército.
¡Ufff! Trevilla no anduvo con juegos y se la cantó a la gerenta: “A las fuerzas armadas no las metan en sus pelitos políticos”. Una definición medular. Trevilla exigió que la Presidenta ponga orden en Morena, en los gobiernos estatales y en su partido, porque ese tipo de declaraciones dinamitan la confianza de las tropas que están arriesgando la vida, en realidad, en todo el país (sume Michoacán, Guerrero, Tabasco, Quintana Roo, etc.).
La Presidenta se puso gris, bueno, rumbo a morado. A este paso pronto tendrá tics o parálisis facial. Y endureció el discurso. Pobre, debe estar tomando litros de Melox para la indigestión que le pasa la cuenta por la tensión del poder, cuidando su salud para apaciguar una bronca estúpida que armó su colaboradora de Sinaloa. Recurrió a la mítica figura de la soberanía nacional y a que el gobierno de México no responde a intereses externos ni a presiones, en tanto buscaba contener este nuevo desencuentro con el General Secretario. La rama de olivo debió ir acompañada de otros presentes dignos de desagravio, pero no es eso, lo material, lo que están buscando. Quieren la dignidad perdida de un gobierno que los hizo albañiles de sus caprichos.
No es la primera vez que le dicen a la gerenta que, si se van por el camino de los golpes bajos, el Ejército es capaz de retirarse y dejar al país al cuidado de la 4T, lo que significa un cero a la izquierda. Y eso le ocurrió al propio López Obrador cuando el asunto del general Cienfuegos, al que sacó de la lumbre con las manos. Esto lo obligó a cambiar el discurso porque lo había entregado primero; pero ante el temor de un problema militar, jugó con todo para salvarlo.
Pero aquella era otra administración más sosegada. No era Obama —que fue procastrista, incluso les devolvió la apertura, los vuelos directos y todo sin tocar la estructura represiva de Cuba—, sino Biden, bastante lento y tibio ante los ataques y la oposición de los países populistas a las políticas estadounidenses. Hoy este asunto puede escalar a otra dimensión. Pero la culpa no la tiene la india, sino el que la hizo comadre, y fue la 4T la que eligió a Bonilla, quien resultó, aparte de insuficiente, mediocre y capaz de confrontar a las instituciones nacionales.
Se ve que Morena no tiene muchos elementos valiosos de los cuales dar cuenta; es una minoría que concentra todo el poder y cancela las aspiraciones generacionales de quienes desean participar en política. Lo cierto es que el gobierno es uno, el poder del narco es otro gobierno no oficial, y el Ejército es el puente de la soberanía tan traída y mentada; porque sin ellos, estaríamos administrados —si no lo estamos ya en todo nivel por ese poder del crimen organizado— derivado de los cárteles narcoterroristas.
Pero la gerenta sigue siendo capaz de todo, de tragarse toda la lumbre en aras de salvar a su mentor, López Obrador, aun cuando tenga que sacrificar al país a cambio de ello. Por eso la pusieron, y en eso el caudillo no falló: sabe qué clase de sierva eligió.
Pero el asunto se torna muy complejo, porque la participación militar en el delito es un hecho. Si no, pregunten a la Marina, a Rafael Ojeda, exsecretario al que ahora sus hundidos sobrinos le tiran todo el paquete, los sobrinitos Farías. Entonces es un hecho, y no dudo que muchos generales o almirantes no estén precisamente tranquilos, porque todo se les salió de las manos; muchos cobraron alegremente y fueron señalados por los detenidos y exportados que ahora solo piensan en salvarse ellos mismos. Inclusive, es un poder camaleónico, capaz de resistirlos o de mutarse y enquistarse en las instituciones, como es el caso del crimen organizado y los cárteles, capaces de confrontarlos militarmente.
En eso no pensaron cuando los convirtieron en un corporativo empresarial. Al estudiarlo en otros modelos, en futuros trabajos van a sorprender sus perniciosos y malignos efectos a futuro, porque eso ocurrió precisamente en Cuba y en Venezuela, donde los militares se convirtieron en carceleros de la revolución y verdugos del pueblo, pero son ricos.
Si Cresencio Sandoval ya deshojaba la margarita por la opción política de la 4T, tampoco les queda más que reconocer que están metidos en el mismo ajo y que deben limpiar la casa, caiga quien caiga. No hay fuero militar desde que Juárez derrotó a los conservadores… o sí lo hay. Eso dijeron cuando estalló el asunto del huachicol con la Marina, que le iban a atorar a fondo; pero por lo visto, muchos militares son incapaces de interpretar un contexto, solo saben cumplir órdenes. Es su vocación, pero a la vez, su gran debilidad.
Sin embargo, esta vez están cuestionando quién es quién y qué les piden, lo cual es una muy sana medida. Hoy parece que ni Claudia Sheinbaum resulta convincente para ellos, y menos la Gobernadora suplente de Rocha Moya. Los golpes en la mesa, tanto de Santos como de Ricardo, reflejan que el Ejército se hartó y que no desean ser los pasivos paganos del desprestigio nacional, ni pagar los platos rotos y sucios —muy sucios— que sin duda embarraron a más de uno, sobre todo a la élite del poder actual.
Creemos en ellos, en los militares, pero deben mostrar su patriotismo incólume y su visión estadista e institucional, que los hará capaces de cortar las ramas podridas de sexenios pasados o actuales, y seguir sirviendo lealmente para salvar a este barco del naufragio total.
Es un sacrificio cierto, pero la ofensa es grave y no se va a limpiar con el olvido o la simulación. En ese camino, vuelven a ser la garantía de la libertad e institucionalidad de un México que vivió una transformación maligna, mal hecha, corrupta y, sobre todo, de servicio a las fuerzas del mal, que son el principal enemigo interno del país.
La situación ante la injerencia de los Estados Unidos ha llevado a todos a un extremo de intensidad y presión que demanda soluciones inmediatas, transparentes y profundas. Es el modo de salvaguardar la integridad de la institución que, pese a todo, es la columna vertebral de México; sin ella, se pulveriza el Estado.
Es increíble que exista gente tan incompetente como Yeraldine… Todo eso tiene un costo y están acabando con el hígado de la gerenta y con los pilares del Estado. Hoy no se pueden meter los payasos al Picadillo Circus, salvo a estelar Yeraldine.
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