
Por Laura Gutiérrez Franco
En la alta política, las palabras construyen realidades, pero los nombres… los nombres a veces construyen memorables momentos de tensión congelada.
Hace unos días, durante el ritual de la mañanera, fuimos testigos de un sutil tratado de diplomacia de la gesticulación. La Presidenta Claudia Sheinbaum, en un despliegue de naturalidad, confundió a la encargada de cuidar la legalidad de sus propios decretos, la flamante Consejera Jurídica del Ejecutivo Federal, Luisa María Alcalde, llamándola “María Luisa”. Un error humano, cualquiera diría. El problema no fue el tropiezo, sino el empeño en arreglarlo: la mandataria se tomó la molestia de ofrecer una detallada explicación pública sobre su confusión con María Luisa Albores (hoy al frente de las Tiendas del Bienestar). Como si hiciera falta echarle más sal al café.
La cámara, implacable como siempre, captó el instante preciso del estoicismo político. Luisa María Alcalde permaneció ahí: impecable, calladita, con el rostro convertido en una esfinge de mármol. Ni un parpadeo de más, ni un músculo fuera de su lugar, ni un solo sentimiento que pudiera ser usado en su contra. Una maestría del autocontrol que, sin embargo, no pudo ocultar lo que el sentido común dicta: por dentro, el termómetro debió rozar el punto de ebullición.
Que la figura más importante del país, tu jefa directa, te cambie el nombre en cadena nacional siendo tú la Consejera Jurídica que opera desde su círculo más íntimo no es un asunto menor. Es, por decir lo menos, un descuido que raspa la cortesía política.
Este episodio desnuda una realidad recurrente en la liturgia diaria de Palacio: la falta de cuidado en los detalles. Se asume que, al estar “en familia” y compartir la mesa del gabinete, las formas de la diplomacia interna pueden relajarse. Pero la política es, fundamentalmente, forma. Cuando esos pequeños errores se repiten a diario en el escenario más visible del país, lo que se proyecta no es cercanía, sino una preocupante falta de rigor y de cuidado hacia el propio equipo.
Si entre los pasillos más exclusivos del poder el lenguaje político tropieza de esa manera con los suyos, ¿qué podemos esperar para el resto de la agenda? Por ahora, nos quedamos con la lección de la jornada: en el tablero actual, mantener el puesto y la disciplina requiere, antes que nada, una impecable e imperturbable cara de piedra.
Ya solo falta que próximamente se inaugure en la Mañanera una sección de mentiras donde la Presidenta designe a Luisa María como la Payasa. Por lo pronto dicen las malas lenguas que ya le va a cantar esta canción que es de Shakira pero le cambió le letra:
“Una loba como yo no está para novatas… Una loba como yo revisa tus decretos, así que apréndete mi nombre si quieres que salgan bien tus reformas.”
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