
Por Manuel Gutiérrez
Marco Licinio Craso era un millonario, pero tenía ambiciones políticas, él quería realizar sueños. Craso estaba obsesionado con el éxito de Julio César y de una vez por todas ser la estrella sin eclipse alguno en el horizonte de Roma, también Pompeyo era una piedra en su zapato. Creyó que los triunfos militares darían fuerza a su ambición política.
Sus anhelos tenían dos tendencias. La primera era el pasado, desde Rómulo y Remo, los padres fundadores, Cincinnato, pero luego venía la tendencia a ser divino, hasta llegar al Dios Júpiter, Optimo y Máximo, al que buscaba colocar entre su parentela, porque era Optimate, así se llamaba su sector, su partido, deseaba que la república romana se transformara -así es, desde entonces- y su cambio tenía que agradar a la plebe, esa masa generada por la gran urbe, de gente “ni-ni”, que no estudiaba, ni trabajaba pero que traficaba con todo lo que era posible vender.
Pero plebe que si comía, si robaba, y si se aprovechaba de cualquier desgracia, ya que la pobreza extingue al derecho penal….y es la pobreza una licencia si se desea delinquir, cuando uno se hace la víctima de la sociedad. Esta plebe salía cara, pero amaba al triunviro Craso, los triunviros una alianza política, como cuando un partido suma a otros de diversos colores.
Craso gasto mucho en promoción de imagen en las redes de su tiempo, y fue como triunviro un generoso donante de espectáculos en el Coliseo, el disparaba un toro de regalo, un león extra, todo para beneplácito de la tribuna.
Sus promesas eran mayores que ninguno otro de los cónsules, la vida sería como en el Olimpo, en Roma. Sus conferencias matinales eran caudalosamente verbales, como cuando te ataca la diarrea. Lo mismo recomendaba conductas, que eximia culpas o daba sermones para ser ideales en la república.
Todo para incrementar su prestigio, demás derrochaba en los poetas y autores de teatro de moda en Roma, en particular los del estilo de Plauto, para que las obras de alguna manera hicieron sentir que él era el chico que salvaba a la doncella en apuros, reconocía al hijo desconocido, castigaba a los malos, perdonaba a los que equivocados, redimía con su palabra, cualquier entuerto.
También apostó totalmente a los militares, para convencerlos de las bondades de su transformación hizo que Roma marchara a paso militar. Los soldados tenían vela en todo entierro, en todo bautizo, en todo festivo, vendían terrenos, construían vías, repartían mercancías de los barcos mercantes -para que no se las robaran en el camino- en cada momento de la república, llevaban implícitamente la dependencia que Craso había creado para con ellos-
Craso siendo tan amado del pueblo, estaba vendido con sus esfuerzos, estaba obligado y les cedió todo a los hijos de Marte, los marciales.
Los saco del cuartel, cuando el problema no es sacarlos, sino devolverlos….menos mal, Craso aunque riquísimo era diríamos, a la hora de cosechar votos, apelaba a la plebe, populista, pues.
Pero necesitaba demostrar con una victoria rotunda, su capacidad de controlar los imponderables, de llevar las fronteras de Roma, más lejos de lo que habían llegado, lo hizo buscar enemigos que derrotar. Había derrotado a los gladiadores rebeldes de Espartaco, hábiles en contiendas individuales, pero pésimos en combates que demandaban estrategias, y se distinguió al lado del General Sila, para sembrar unos 6 mil muertos de los gladiadores, pero quería tomar el turno y ser el mero generalísimo.
Tenía para ello que teatralizar el asunto. Una partida legionaria con todo el esplendor, con timbales, con tambores, con feroces felinos encadenados, águilas aleteando en columnas, pebeteros portátiles con fuegos, con las armas bruñidas y los petos de bronce refulgentes, con trompetas que alentaban el triunfal regreso; con la promesa de duplicar las pensiones, conseguía el amor de viejos y jóvenes, con el anhelo de mejorar las inversiones en las zonas más pobres.
El, sí podía cambiar la historia, derrotar la corrupción, vencer la pobreza. Había un parteaguas, un antes y un después, las leyes se modificarían con la anuencia de un senado controlado, y un pueblo bien cebado, todo de Craso.
Menos mal no decía que se tele transportaba al futuro y regresaba con sus pronósticos llenos, de las carreras de caballos, no era tan exagerado.
Craso anhelaba todo el poder. Todo el firmamento con su estrella solitaria. Cada día ser el centro de atención, cada día sentir que los ciudadanos romanos dependían de sus de sus palabras.
Así escogió darle una tunda a los partos, un imperio lejano, podría ser el actual Irán-Irak y lo esperaron e en sus zonas montañosas y escabrosas aunque decidieron esperarlo la larga marcha lo desgasto. Era como buscar enemigos de la moral y las buenas costumbres, tenía que destruirlos, tenía que demostrarle a Roma que existe alguien capaz de superar a los enemigos visibles e invisibles.
Y partió contra los partos, en el 53 antes de la era cristiana, pero sucedió lo inesperado, se la partieron,
Para colmo, no sólo perdió su vida, también restó la de su hijo Publio, ante los habilidosos guerreros arqueros de los Partos, en la empresa bien intencionada, mal planeada. Las águilas romanas cayeron también, con SIETE legiones gastadas inútilmente.
Quizás soñaba con mucho petróleo, con combustóleos con que movilizar en el futuro a Roma o para impermeabilizar azoteas…. Todo terminó en Carras, hoy Turquía, en otros notables romanos cayeron también.
Esta derrota se acomodó junto a la de Cannas, con Aníbal, por su magnitud y su costo persiguiendo quimeras, cruzando desiertos y planteando sacrificios largos e innecesarios a los romanos, en aras de una gloria que se les escabulló como la vida.
Craso error, fue la frase que convirtió una carrera política ascendente, que pudo haberse apoyado en sus recursos financieros, en una sonada caída, pero él fue capaz de arriesgarlo todo, sin necesidad de hacerlo colocando todo en una expedición tan riesgosa como juego de dados. Calculó mal y llevó a la oscuridad a sus legiones, perdió,
Los amantes de la historia pueden encontrar similitudes con lo ocurrido en Roma siempre en la Civilización Occidental. El enfrentamiento con enemigos de la república, mal calculados, y de paso afectando a la población, no es rentable políticamente, tampoco lo es para la salud financiera de la república ya que todos perdieron.
Cuando los beneficios por obtenerse no superan el costo de las bajas, el costo de las pérdidas, el costo de rigidez económica que espantó a su República, el costo de oportunidad, de tiempo, de prestigio perdido es mal momento colocar victorias anteriores, electorales, publicitarias en el resbaladero que la trueca en derrota. Craso arriesgó de más y perdió todo.
Es un Craso error romano.
Sin o con un beneficio pretendido, sale más caro ser conquistador de metas lejanas, que no serlo, también es riesgoso cambiar la naturaleza humana , la gente quiere buena vida fácilmente, y todo regalado. Y que se gane, de verdad, cuando se hace una campaña, de menos así era en Roma
Hay ocasiones en que la historia juega en que la publicidad convierta en victoria una derrota, o una reforma en un éxito, pero esta es inexorable. Temporalmente venderá como tal, como triunfo en los discursos, en los comunicados oficiales, en los debates del Senado, en los aplausos de la plebe, pero como bien lo aprendió Roma, los costos y pérdidas cuando se suman, tienen el nombre de derrota : Es ingenuo tratar de creer otra cosa los romanos no se chupaban el dedo. La realidad supera toda propaganda.
Y su muerte de Craso, no permitió maquillar cifras, ni decir combatimos como nunca, pero perdimos, porque ya no había beneficiarios del mito, porque Roma logro ser un Imperio y lo hizo ganando.
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