La opinión de Violeta Moreno Haro
Hay personajes que nacen dentro del poder y pasan la vida entera defendiéndolo. Otros conocen sus mecanismos desde adentro y, precisamente por eso, comprenden cuándo es necesario cambiarlos. Cuauhtémoc Cárdenas perteneció a ese segundo grupo.
Hijo del general Lázaro Cárdenas, senador y gobernador de Michoacán por el PRI, no era un opositor surgido de la periferia. Formaba parte de la estructura política que durante décadas decidió prácticamente todo en México. Tenía apellido, trayectoria y un sitio dentro del sistema. Por eso su ruptura fue tan importante: no denunció desde afuera lo que desconocía, sino que cuestionó desde adentro un poder del que también había formado parte.
Junto con Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo impulsó la Corriente Democrática, y en 1987 dejó el PRI. En 1988, al frente del Frente Democrático Nacional, demostró que la oposición podía reunir millones de voluntades y disputar realmente la Presidencia. Aquella elección, marcada por la célebre caída del sistema y las denuncias de fraude, dejó algo que ya no pudo borrarse: la idea de que el partido gobernante sí podía perder.
Quizá ésa fue una de sus mayores contribuciones. Antes de que la alternancia llegara a Los Pinos en el año 2000, había que democratizar el discurso público: dejar de hablar del poder como una herencia y comenzar a entenderlo como un encargo temporal de los ciudadanos.
Después vendrían la fundación del PRD en 1989 y su triunfo como primer jefe de Gobierno electo de la capital en 1997. No fue un trabajo individual ni una transición perfecta. Hubo movimientos sociales, otras oposiciones y ciudadanos que pelearon durante años para abrir las urnas. Pero Cárdenas ayudó a convertir ese descontento en una alternativa política nacional.
Se repite una frase, popular que compara a los políticos con los pañales: ambos deben cambiarse con frecuencia y por la misma razón. Más allá de su ironía, contiene una advertencia democrática. La permanencia sin competencia favorece la complacencia, los acuerdos cerrados y la confusión entre gobierno y patrimonio.
La alternancia no garantiza manos limpias. Lo que sí permite es que unas manos revisen lo que hicieron las otras. Ésa es la importancia de los contrapesos, de la oposición y de instituciones que no dependan del partido que gobierna.
La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas nos deja una lección que no pertenece exclusivamente a la izquierda ni a ningún partido: la democracia mejora cuando nadie se siente indispensable y cuando perder el poder deja de parecer una tragedia nacional. Su legado no fue ocupar la Presidencia, sino ayudar a que los mexicanos entendieran que podían cambiar a quienes la ocupan.
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