Por Laura Gutiérrez Franco
La retórica oficial suele tropezar con la realidad cuando los lazos del pasado pesan más que las promesas del presente. El caso reciente que involucra a Víctor Rodríguez Padilla, exdirector de Pemex, y las graves denuncias públicas hechas por su esposa, la académica María Felicia Jiménez Lavie, pone bajo la lupa no solo la coherencia de la política de protección a las mujeres, sino la verdadera voluntad de romper con el viejo régimen de complicidades e impunidad.
La denuncia no llegó por los canales burocráticos tradicionales, esos que tantas veces congelan la justicia. Llegó con la fuerza de la inmediatez digital: un video y una carta abierta donde María Felicia Jiménez Lavie evidenció las agresiones físicas y psicológicas sufridas a manos del exfuncionario, solicitando la intervención directa de la Presidenta. Se evidenció totalmente el mal trato que incluso la pudo llevar hasta la muerte.
Es necesario remarcar la forma tan animal y despreciable en que este sujeto golpeó a su esposa Felicia. Los detalles de la agresión física y psicológica expuestos en su denuncia pública dejan claro que un ataque de esta magnitud no surge de la nada; no ha de haber sido la primera vez que ejerce este tipo de violencia desmedida e intolerable.
Resulta completamente imperdonable que existan tipos de esta calaña sueltos en México, conviviendo y compartiendo con la sociedad como si no pasara nada. La justicia debe tomar cartas en el asunto de manera enérgica y con medidas cautelares a la altura de la gravedad de los hechos; este tipo debe ser apresado y refundido con todas las de la ley, sin que su antiguo cargo o sus conexiones políticas le sirvan de escudo.
La respuesta del Ejecutivo, sin embargo, ha seguido el manual de la dilación:
El desvío institucional: Canalizar el caso a la Secretaría de las Mujeres para “seguimiento y apoyo”.
La promesa discursiva: Asegurar ante los medios que “no habrá impunidad” y que se aplicará el castigo adecuado.
La cruda realidad: Mucha narrativa, pocas acciones concretas. Mientras los días pasan, el señalado no ha sido presentado ante un juez ni enfrenta consecuencias legales proporcionales a la gravedad de los hechos denunciados.
El dato clave: Esta tibieza institucional contrasta drásticamente con la urgencia que requeriría cualquier caso de violencia de género, dejando una preocupante señal para las miles de mujeres que no cuentan con la visibilidad mediática de este caso.
Un historial de gestión desastrosa: El paso por Pemex
Para entender el nivel de protección del que goza Rodríguez Padilla, es necesario revisar su gestión al frente de Petróleos Mexicanos (Pemex), una administración marcada por la ineficiencia operativa y los riesgos ambientales:
Incidentes críticos: Durante su gestión se registraron incendios recurrentes en plataformas y refinerías.
Crisis de infraestructura: Inundaciones en instalaciones clave y fugas constantes de petróleo y gas que costaron millones de pesos y graves daños ecológicos.
A pesar de entregar una de las gestiones más deficientes de la paraestatal, el premio de consolación ya estaba listo: la dirección del Instituto de Energías Limpias.
El “Nombramiento Fantasma” y los lazos académicos
El manejo de su salida y posterior reubicación ha rayado en el absurdo político. Aunque circula una foto donde supuestamente toma posesión de las oficinas del Instituto de Energía Limpia, la versión oficial de la Presidencia sostiene que el protocolo de nombramiento jamás concluuyó formalmente. ¿Error de coordinación o un intento de replegarse ante el costo político de la denuncia?
La respuesta a este titubeo presidencial no es nueva; se remonta a las aulas y los cubículos de investigación. La mandataria y Rodríguez Padilla comparten una relación de amistad y complicidad profesional de hace décadas, sellada en el ámbito académico a través de diversos artículos científicos firmados en coautoría.
Este historial compartido explica, mas no justifica, la resistencia a actuar con firmeza. El carácter difícil y los antecedentes de conducta del exdirector no eran un secreto guardado bajo llave.
La Balanza de la Justicia Selectiva y el cobijo a criminales
Este manto de protección no es un hecho aislado, sino una constante alarmante dentro de la llamada “Cuarta Transformación”, que parece haberse convertido en un refugio y defensa para criminales de la peor especie. El ejemplo más infame y descarado de esta complicidad es el del exjugador del América y exgobernador de Morelos, Cuauhtémoc Blanco. A pesar de enfrentar acusaciones brutales y directas por haber violado a su propia hermana, la justicia simplemente no existió para él. Protegido por el poder político, Blanco sigue paseándose por las calles con total impunidad, como si nada hubiera pasado, demostrando que para el régimen actual la lealtad partidista pesa más que la dignidad y seguridad de las mujeres mexicanas.
Si la administración actual ha mostrado una flexibilidad preocupante para justificar o matizar los señalamientos de gobernantes presuntamente ligados a la delincuencia organizada o a crímenes atroces, el cobijo a un agresor doméstico como Rodríguez Padilla parece seguir exactamente la misma línea de pragmatismo político y complicidad estructural.
A esto se suma un panorama aún más turbio: hoy, Rodríguez Padilla se encuentra prácticamente desaparecido, oculto bajo un manto de protección que impide conocer su paradero o su estatus legal. Mientras el agresor huye, de manera paralela se percibe un cerco en los medios de comunicación, una sutil pero evidente restricción para silenciar los reclamos de Felicia y evitar que el escándalo escale.
Darle tiempo al tiempo en casos de violencia familiar solo desgasta a la víctima y diluye la indignación pública. ¿Por qué el empeño de la llamada transformación en cobijar a personajes de perfil machista y violento? La respuesta parece obvia: la colusión de intereses y los secretos compartidos los obligan a protegerse mutuamente. Si con personajes de este impacto público la justicia camina a cuentagotas o se detiene por completo, el panorama para la población en general es desolador. En el terreno de la congruencia de género y la procuración de justicia, entre el dicho oficial y el hecho sigue habiendo un abismo infranqueable de cinismo.
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