Por Laura Gutiérrez Franco
Fue un auténtico torbellino de elegancia, diplomacia y, sobre todo, muchísima pasión futbolera. El rey Felipe VI de España pisó tierras mexicanas en una visita de doctor —fugaz pero fulminante— que dejó a su paso una estela de emoción, banderas al viento y un idilio renovado entre ambas naciones. Vino con una misión muy clara: apoyar a la Furia Roja en Guadalajara. Y vaya si trajo la buena suerte bajo el brazo.
Tres trajes, tres momentos: La estampa del monarca
Si algo caracterizó este viaje, fue la impecable versatilidad del rey, quien no solo conquistó por su cercanía, sino por su porte, sus pasos largos llenos de seguridad y esa sonrisa franca que no se le desdibujó ni un segundo. Tres momentos clave exigieron tres cambios de vestuario perfectamente ejecutados:
El encuentro de Estado: Para su recepción diplomática con la presidenta de la República, el monarca optó por la máxima formalidad. Un traje sastre impecable, de corte clásico y tonos oscuros, que reflejaba la solemnidad del encuentro. Se le vio caminar con paso firme por los palacios gubernamentales, saludando con esa cortesía innata, entablando un diálogo fluido y ameno que reafirmó los lazos históricos entre ambos países.
La calidez de la diáspora: Más tarde, para su reunión con la cónsul de España en Guadalajara y la comunidad de españoles radicados en México, el Rey suavizó su imagen. Con un traje de tintes más relajados pero igual de elegante, se dedicó a romper el protocolo. Escuchó, rio y abrazó a sus compatriotas y a los mexicanos presentes, recordándoles el profundo cariño que une a las dos orillas del Atlántico y celebrando la excelente relación bilateral.
El amuleto de la Furia: El plato fuerte llegó en el estadio. Para el partido contra Uruguay, Felipe VI mantuvo la elegancia rigurosa y lució un sobrio e imponente traje negro. Sin embargo, el gran protagonista de su vestimenta fue el detalle que se robó todas las miradas: una vibrante corbata roja. Un contraste perfecto y un guiño absoluto a los colores de su bandera y a la indumentaria de la selección española.
Guadalajara se rinde ante el Rey: Coches, charros y algarabía
Cuando la comitiva real llegó a la Perla Tapatía, la ciudad se transformó. El despliegue de seguridad era impresionante: una imponente fila de coches escoltaba al monarca, con la bandera de España ondeando orgullosa en el vehículo principal.
Pero el verdadero espectáculo estuvo en las calles y a las afueras del hotel de concentración. ¡La gente se volvió loca! Familias enteras no solo de Jalisco, sino que habían viajado largas horas desde otros estados lejanos de la República, se agolparon en las vallas solo para ver de cerca a un personaje de su magnitud. “¡Majestad, una foto!”, “¡Viva el Rey!”, le gritaban entre aplausos. Y don Felipe, lejos de esconderse, buscaba las miradas, saludaba con la mano en alto, se detenía a regalar sonrisas y permitía que los teléfonos capturaran un recuerdo imborrable.
Un saludo de pura cepa: Uno de los momentos más coloridos de la jornada ocurrió en las escaleras del recinto. Mientras el rey descendía con su habitual elegancia, dos imponentes charros mexicanos, ataviados con sus trajes de gala y sombreros de ala ancha, lo esperaban para darle la bienvenida. Con el sombrero en la mano y todo el garbo tapatío, lo saludaron con respeto y lanzaron una invitación muy mexicana: que se diera una vuelta por la Plaza de Toros Nuevo Progreso para disfrutar de una buena charreada o mejor dicho, una tarde de toros. El rey, fascinado por el folklore, agradeció el gesto con una enorme sonrisa.
Un palco de estrellas en el Estadio Akron
El clímax de la visita se vivió en el graderío del Estadio Akron (el Estadio Guadalajara), donde el monarca estuvo rodeado de personalidades de gran relevancia en un palco presidencial que acaparó toda la atención.
Sentado justo al lado del rey Felipe VI, compartiendo la emoción y los comentarios de cada jugada, estuvo Rafael Louzán* el directivo de la Real Federación Española de Fútbol, acompañando de cerca al monarca en este crucial compromiso internacional, a quien la Universidad Autónoma de Guadalajara le entregó un reconocimiento.
Pero las gradas VIP albergaban a más figuras de peso. En el mismo palco asignado para el encuentro, aunque no ubicado directamente junto a él, se encontraba el célebre tenor Plácido Domingo. El artista viajó a tierras mexicanas para ofrecer un concierto, pero aprovechó su estancia exclusivamente para asistir al estadio y disfrutar del emocionante encuentro futbolístico de su selección. Asimismo, la comitiva real contó con la distinguida presencia del legendario exguardameta Iker Casillas, quien formó parte del selecto grupo que arropó al monarca en esta inolvidable jornada tapatía, demostrando que el partido convocó a lo más selecto del deporte y la cultura.
Un amuleto de 1-0 y una promesa en el aire
Con los nervios a flor de piel y la corbata roja rompiendo la sobriedad de su traje negro, el rey vibró con cada jugada al lado de sus ilustres acompañantes. El silbatazo final desató la euforia: España 1, Uruguay 0.
Felipe VI, radiante de felicidad, bajó a los vestidores a felicitar a los seleccionados. Entre risas, abrazos y un ambiente de fiesta total, el monarca les lanzó una sentencia que dejó a todos emocionados: “Si vuelven a ganar, ¡aquí me tienen otra vez! En México o donde les toque jugar, yo regreso”.
A estas alturas el Rey ya está de regreso en España, pero en México se quedó el eco de sus pasos, el brillo de su corbata sobre el traje negro, las miradas compartidas en el palco y la calidez de un monarca que, por unos días, se dejó querer por el alma tapatía. ¡Una visita exprés, pero absolutamente inolvidable!
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