
Por Manuel Gutiérrez
“El peligro de estar cuerda” es un tema provocativo, riesgoso y manejado como acostumbran los españoles, con un excelente gancho de atracción, un entorno atrayente, una serie de datos muy perturbadores, pero luego para cuando llega el final, -es mi sentir particular- se descompone todo el cuadro y la autora, Rosa Montero, queda atrapada en su propia trampa literaria.
Una autora con 18 obras publicadas en España y leídas en el mundo hispano, traducida a 20 idiomas, así que decidimos invitarla a de Capa y Espada, porque me hizo reflexionar alguien que me dijo que de alguna manera estoy loco con mis verdades, ante el mundo que modelo ajeno al mismo en contra de la corriente, pero la verdad me agradó pensar en que como un Quijote, emprendo la cabalgata contra los Molinos de Viento, que no son monstruos, o quizás sí, pero en que “genio y loco, son algo parecido”.
Ciertamente en este mundo moderno las enfermedades mentales reinan entre grandes segmentos de la población mundial, pero curiosamente, no se les reconoce, no se admite que se requiera terapia, ver un psicólogo, o tomar medicamentos oportunos y necesarios para evitar los males.
El sello de la creatividad, conduce muchas veces a la extravagancia. La vocación se puede tener, pero no todos tienen el talento.
Es decir algunos son arquitectos por su empeño en serlo, pero pocos de esos algunos, serán diferente, irán más lejos, jugarán con más riesgos, modernizarán o funcionalizarán un entorno, creando un nuevo modelo, y los hay ingleses o de Barcelona, de Madrid o de Berlín, también en México, la revista de arquitectura da cuenta del potencial que tienen esos seres privilegiados. Se puede estudiar periodismo, cursas materias, aprender y ser un buen oficioso, pero algunos nacen periodistas, y con la preparación asaltan al mundo y aún sin ella.
Rosa juega con el mundo, dice que hay 300 millones de los 7 mil millones de seres que habitan este mundo, seres deprimidos. Que un 12.5% de la enfermedad mundial, es mental. Que la OMS alega que un cuarto de la población mundial total, tiene transtornos mentales.
Hay un corto camino, del imaginativo al maniático, y del maniático al loco, y es simple, los que trabajamos con las letras o las echamos a perder, de menos, somos propensos a deprimirnos seriamente 4 veces más que el resto de los mortales.
Comprender más que otros ciertas facetas de la vida, ver más profundo o más lejos, es más maldición que bendición y arroja resultados que producen depresión, porque no son compartidos, difícilmente entendidos pero ayudan bastante al oficio de escribir.
Un mundo en que el deseo simple, debería ser simple de reconocer y de resolver. Pero hay toda una estructura mental, una personalidad, una ideología, valores religiosos o morales, una educación familiar y ejemplar, o no la hubo lo cual es otro problema, y súmale los conocimientos modernos y las liberaciones del concepto del pecado, de la culpa, porque el pecado puede ser resumido a un serie de descargas bioquímicas en nuestro sistema, aunque eso negaría la preeminencia de la conciencia, del albedrio y del conocimiento superior que nos hace estar aparte de la escala animal.
Un loco, normalmente está solo. Si ustedes analizan el “Tonto de la Colina” de los Beatles, tal vez puedan concluir que el loco no es tanto, y que goza más de la caída del día que el resto de los mortales. Hay quien puede culpar de esos desajustes al café, al tequila, o la Pepsi-cola, (cada cuál su favorita) pero en este tiempo lo raro es ser normal.
Una gran parte de mi en el ambiente escolar en gran parte, transcurrió en un plantel marginal en que los raros eran los normales que tenían padre y madre, que dormían en cama, que comían tres veces, los domingos iban a misa, salían de paseo, y hasta eran de origen indígena, pero prósperos,
Y que no estaban adheridos a otras estructuras familiar como añadidos o como rémoras. Los problemas, las discusiones, el sexo explícito, el hambre, el sueño o su falta, todo era normal en ellos, incluso el pasar al Reformatorio, llamado Consejo Tutelar, por inocentes asaltos a un Oxxo, por ejemplo. Todos se veían como normales, porque era una forma de vida, como podría serlo ser distribuidor famélico de drogas en el menudeo.
Rosa me hizo recordarlos. Su patología, sus tendencias y finalmente su confianza, en que por un momento jugábamos al maestro motivado y al alumno interesado, y se lograban cosas. Porque las fallas del cableado cerebral, dice Rosa, sin debidas a la biología, a la electricidad, a la química y no salen solas.
Los miedos existen siempre, pueden desbordarnos. Pueden tener fundamento razonable en cuanto a la existencia de un peligro real, pero muchas veces tememos lo irracional, lo desconocido, el mañana. Vamos, si ustedes conocen un psicólogo cuerdo, es raro.
Todos los que estudian eso, en inicio lo hacen porque admiten que tienen algo que no checa como conducta normal. Quieren conocerse a si mismos, y pretenden arreglar con la técnica, con la ciencia, lo que no pueden arreglar en ellos mismos. No es preciso que un doctor este sano para que sea un gran médico.
Algunos dicen que la sociedad y su economía es la culpable, muy a lo Marx, pero casi todos entienden que la falta de salud mental, no es exclusiva de la pobreza, y que se da entre gente que lo tiene todo, de más. Pero no es lo mismo curarse en Oceánica, con vista al mar y a todo lujo que en centros que parecen campos de concentración en que las sesiones me recuerdan los métodos chinos de Mao, de la “revolución cultural” de exponer la autocrítica al público, repetir las consignas, llorar y pedir perdón y ser castigado físicamente desde con un cinturón, con fatigas o con tablas. No hay límite a la imaginación de los curanderos, y no todos los pacientes consiguen escapar.
Pero hablamos de lo que dice Rosa en su obra: “ El miedo al miedo” es lo peor. Un caso por demás interesante es de Stefan Sweig, el autor austriaco que merece una cita en Capa y Espada, por su cuenta.
Sweig, padeció miedo a los nazis, porque era judío y emigró a Brasil, a Pretopolis, pero al final de la guerra, hubo una diáspora nazi a Sudamérica, en Brasil, Uruguay, Bolivia y Argentina, entonces quedó dentro de lo precisamente temía, lo que le perturbó terriblemente, murió de miedo extremo, pese a su genialidad como escritor.
Dalí, es el rey de los extravagantes y de ello hizo una leyenda que lo hizo rico. Cada extravagancia daba más de que hablar y más pinturas que vender.
Kafka, está cerca de la locura, incluso Agatha Christie, era una escritora con rarezas. Unos trabajan de noche, otros de día, otros nunca.
Unos de bloquean, otros tiene una diarrea creativa, pero otros logran la creatividad excelsa, hasta Kipiling, el gran maestro inglés, puede pasar por esos terrenos. Edgar Wallace o Edgar Allan Poe, como Baudelaire, son malditos, pero no sé si lo son por geniales, por borrachos, por sus miedos, o por su toque infernal. Y muchos en el camino se pierden, y Rosa ve a donde conduce ese camino.
Al suicidio. Lo mismo para Margaret Hemingway, o para el mismo Ernest Hemingway, con todo y sus obras consagradas, lo mismo para Victoria Wolf, o para una autora que explora Rosa con mucho detenimiento Plath, que termina en el suicidio.
Me viene una frase que leí con Rosa, “No me curado, sólo me volví poeta”.
Montero incluye el miedo a escribir. A mí me da miedo que no me comenten, si les intereso lo que escribí, y a todos los que usan una pluma. Porque si bien la idea no te da miedo, te da miedo no estar a la altura necesaria para abordarla, si no la regaste con las citas, o terminaste afirmado lo absurdo.
Este terror afecta lo mismo a Robert Louis Stevenson, que a Héctor Huerta, o a Emmanuel Carré, autor de varias obras de intenso espionaje, de novela negra de gran emoción, y que es uno de los favoritos de la Montero y que para ser honestos tampoco es cuerdo, cuerdo.
La duda ante la obra, así sea una simple colaboración afecta a muchos que escriben. Curiosamente no tanto a los que hablan. Un punto de acercamiento, que no imaginamos que existe.
Rosa estudia casos de los grandes escritores: Emily Dickinson, es desnudada de sus traumas, que van del incesto en la violación, y lo refiere a una poesía erótica sorprendente, a un proceso de auto-destrucción que se ve que las Cumbres Borrascosas, estaban dentro de ella.
Guy de Maupaussant, cae como anillo al dedo al olímpo de Rosa Montero, por una simple razón: Guy termina loco y lo fue no en metáfora.
La obra literaria refleja la descomposición, o la supervivencia pese al daño causado, por los cuadros patológicos, pero llegas en línea directa al final de la obra de la Montero y descubres que no descubre como salir del laberinto. Más bien como que considera normal contemplarlo, convivir con el, entenderlo y con esos sobrevives o te destruyes hasta el final.
No porque tenga que ofertar en un pensamiento mágico, una solución mágica, sino que da la sensación que no puedes escapar de estar loco o estar cuerdo.
Más cerca de un Niezchte, oscuro y profético, que de un caso de triunfo, felicidad y supervivencia, de menos, en ocasiones se logran éxitos literarios, que bien pueden valer la pena.
Alonso Quijano, se cura con Miguel de Cervantes –eso no lo cita Rosa, eso es elucubración mía- volviendo a ser un ciudadano respetable, un hombre normal, cuerdo y consciente, pero que sabe que la magia que vivía bien vale la pena ser vivida.
El Caballero de la Blanca Luna, le aplica terapia de choque y lo confina al mundo de los cuerdos, y este es poco brillante, nada misterioso, sin arrojo, sin aventura, sin amor de fuego, todo es de buena apariencia, en el orden y en la normalidad. Esa es una tragedia, que se le escapa un poco a Rosa Montero, que se pierde en un mundo del laberinto de los locos, de los tocados, de los renglones torcidos, pero que no ve que se puede regresar, pero que regresar en ocasiones, es perder el toque de la vida mágica.
La Montero nos anima a vivir en el filo de la navaja, entre la creación, y el riesgo. Entre la fragilidad y el acero fino que sostiene a los que creen que el la vida es un sueño, y los sueños, sueños son. Y que todos nos podemos romper. Rosa cita a Donizetti – Gaetano- no al futbolista, y dice que “todos podemos volar en pedazos”.
De pronto descubres cuantos genios fueron rotos por la vida, y tuvieron triunfos póstumos, que ni siquiera supusieron que podrían lograr como consuelo. Modigliani, por ejemplo o tantos autores que con la posteridad se volvieron absurdamente cotizados, absurdamente amados por la humanidad que en vida les negó un rato de placer de ser aceptados. Si tienes lo que exige el éxito, –aprendí esa frase- todo lo que tienes…el éxito te costará.
Rosa jugó, casi gana una obra maestra, pero en su fertilidad y arrojo como escritora, quizá la logre, quizá nunca. Hay quién como Exuspery, con una obrita, deslumbran al mundo y la historia, de menos no cabe duda, Rosa se arriesga bonito, es como una matadora de toros, con letras de luces, con toros de muerte y afilados cuernos, y un sentido totalmente español del riesgo de hacer las cosas, entre ellas escribir, eso es admirable.
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