Horacio Villaseñor Manzanedo*
Sin duda el combate a la corrupción, en países donde sus gobiernos sí funcionan, donde sí solucionan los problemas públicos de ahora y logran construir el futuro deseable, es útil porque mejora lo que existe, pero en un país donde los problemas públicos de ahora son los mismos desde hace décadas, serán los mismos mañana y se sumaran a problemas nuevos no previstos porque el gobierno no gobierna, en el mejor de los casos, solo lo intenta, el combate a la corrupción es un despropósito. En un país donde la función pública no funciona, la corrupción es la consecuencia de la ineptitud gubernativa, de allí que con un sistema anticorrupción que no solo distrae, sino que además de inútil, se pierde dinero público y tiempo en algo que no es el problema, sino la única alternativa que la sociedad tiene a la mano para que sea medianamente atendida o consiga servicios que de otra forma no tiene. A los directivos públicos, se les paga para que dirijan, controlen y supervisen, lo que incluye asegurarse de que todos los servidores públicos bajo su encargo cumplan con sus obligaciones, entre ellas la de no ser corrupto, por lo que, si un empleado gubernamental se pudre, la responsabilidad es de su jefe, si el jefe no sabe, no puede o no quiere controlar la descomposición de sus dirigidos, entonces la falla esta allí, en los directivos públicos y allí debe estar el castigo. La mayoría de los directivos no son sinvergüenzas, pero sí ignorantes, por eso insisto en que el problema de fondo es la ineptitud, la falta de profesionalización y de capacidad directiva, lo que no tendrá solución hasta que se comprenda que los directivos públicos no deben ayudar en ninguna campaña política, debiendo mantenerse discretos en el tema de sus preferencias políticas en virtud de que ser un profesional de la administración pública implica solo tener preferencia por el derecho público, que en esencia, su razón de ser es el interés general. Así mismo, los estudiosos de la corrupción aseguran que la eliminación o supresión completa de ella es un tema que en términos realistas se concibe como imposible y que el combate a la corrupción requiere más un enfoque con miras al control, disminución o acotamiento de la misma, partiendo de su conceptualización como un sistema (o como parte del propio sistema) que se intuye como “una serie de supuestos (culturales) que pueden ser, para muchos, difíciles de aceptar”, por lo que se debe iniciar por tener autoridades y directivos públicos preparados y con experiencia para sancionar, ejemplarmente, por incumplimiento de sus obligaciones a sus dirigidos. El problema es que la mayoría de los directivos públicos son gente improvisada e ignorante del derecho público, que no sabe cómo gobernar al gobierno y en muchos casos ni a sí mismos. La creencia de que la corrupción es de dos, es errónea, porque en la sociedad siempre habrá gente salvaje y la principal función de todo gobierno es controlarla, así que la corrupción no es de dos, la sociedad puede hacer lo que guste y los gobiernos, a través de sus entidades, tienen la obligación de sancionar a la gente que viola la ley, para ello se les mantiene, así que el que ofrece una dádiva puede ser corrupto, pero el servidor público que la recibe delinque, descompone la función pública, es un delincuente, no un corrupto y si la función pública esta podrida, no sirve y la sociedad no tiene más opción que usar la corrupción para que medio se le atienda, de allí que en México la corrupción no es el problema, sino la única solución. ¡Ni modo!
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