Por Laura Gutiérrez Franco

La carrera interna de Morena por la candidatura a la Presidencia Municipal de Guadalajara se ha convertido en un reflejo de las peores prácticas de la vieja política, dejando al descubierto ambiciones personales por encima del verdadero interés por los tapatíos. Mientras las calles se inundan de propaganda y descalificaciones, el electorado observa con escepticismo un panorama donde abundan los espectaculares pero escasean las propuestas serias.
Por un lado, la contienda exhibe perfiles sumamente cuestionables que parecen competir más por el rechazo social que por la simpatía del voto útil. En el caso de Carlos Lomelí, se trata de un empresario cuya inmensa fortuna arrastra una estela de dudas, señalamientos e incluso pasajes oscuros relacionados con investigaciones de agencias internacionales como la DEA. Su campaña parece basarse en el músculo financiero más que en la solvencia moral. Además, es necesario precisar que ni él ni Itzul Barrera tienen vinculación real con el sector productivo.
En el caso de Lomelí, a pesar de ser hombre de negocios, carece por completo de puentes con la iniciativa privada organizada; de hecho, la historia local recuerda cómo hace años, durante una reunión en la Cámara de la Industria de la Construcción (CMIC) delegación Jalisco, fui testigo directo de cómo Carlos Lomelí ofendía abiertamente a los empresarios presentes, demostrando un desprecio absoluto por las formas y el diálogo con los sectores clave del estado.
En el otro extremo se encuentra Itzul Barrera, una propuesta estridente que parece interactuar desde el vacío de la retórica, con casi nula experiencia. Enfocada en agendas hiperprogresistas y debates ajenos a la realidad cotidiana de la ciudad, como las infancias trans, su discurso choca de frente con la visión e idiosincrasia de la familia tapatía tradicional, mostrando una desconexión total con el sentir general de Guadalajara.
Ambos personajes han convertido la contienda en un campo de batalla de golpes bajos, tapizando la ciudad con bardas y descalificaciones mutuas, demostrando que ninguno de los dos merece una oportunidad ni posee la estatura política que exige la capital del estado.
Frente a la guerra de lodo y los discursos polarizantes, la figura de Mery Pozos emerge -entre ellos- como la alternativa con la madurez necesaria para rescatar el proceso. A diferencia de sus contrapartes, Pozos es una persona más decente, sin ideologías radicales en contra de la gente, y cuenta con las credenciales y las armas necesarias para tender puentes con el sector empresarial y económico.
Su perfil democrático representa una garantía de estabilidad, respeto por la libre empresa y vinculación real con los generadores de empleo, un factor indispensable en una Guadalajara que vive del comercio y la industria.
El gran reto para Mery Pozos será resistir la tentación de caer en el juego de sus adversarios. Para ganar la candidatura y convencer a la ciudadanía, no necesita sumarse a la guerra de descalificaciones ni ganarle a los demás a base de golpes. Su mejor estrategia debe ser su propia inteligencia, su capacidad de gestión y la claridad de sus propuestas de unidad.
Guadalajara no merece ser el botín de perfiles con pasados turbios y sin interlocución empresarial, ni el laboratorio de ideologías que dividen a la sociedad. Si Morena aspira a ser una opción real y respetable en la perla tapatía, debe dejar atrás la confrontación de bardas y apostar por la seriedad, la vinculación económica y el respeto a la identidad local.
Pero si fuera por mi, que Guadalajara continué como está o bien que lleguen partidos nuevos, que ninguno sea de izquierda y que tengan verdaderos liderazgos de gente que sí va a trabajar para los ciudadanos. En mi larga vida nunca he visto que un políitco haya hecho algo bueno por mis alrededores. Si alguien hace algo ni lo debe de presumir, es parte de su trabajo y para eso le pagamos.
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