Por Violeta Moreno Haro
En una entrevista reciente Alberto Uribe volvió a poner sobre la mesa un tema que pocos se atreven a decir en voz alta pero que todos conocen por dentro, las izquierdas tienden a fracturarse cuando olvidan su objetivo superior y se enredan en disputas internas de tribus. No es un fenómeno exclusivo de un partido, es un patrón histórico, cuando la causa se sustituye por la cuota y el proyecto por el protagonismo, la energía se diluye.
Alberto fue más allá. La urgencia no es solo de la izquierda, es de todos los partidos. Recuperar la formación de cuadros, volver a educar políticamente a hombres y mujeres en visión de Estado, no en cálculo pequeño. Muchos de los que hoy pueden llamarse estadistas, incluido él mismo, fueron formados en escuelas políticas donde la disciplina intelectual, la lectura de largo plazo y la responsabilidad institucional eran parte del entrenamiento cotidiano. No era solo aprender a ganar elecciones, era aprender a gobernar.
En el caso de MC Jalisco, Alberto ha sido crítico de un modelo que concentró demasiado en una sola figura política. Cuando un movimiento gira en torno a una persona, tarde o temprano se debilita su oferta hacia la ciudadanía. La pluralidad interna se reduce y la renovación de candidaturas se empobrece. La política moderna exige estructura, no culto a la personalidad.
En Morena Jalisco, su lectura es igualmente fina. Más allá de nombres propios, el partido en el estado es un engrane dentro de una visión nacional encabezada por la presidenta de la República. Quien no entienda eso, difícilmente podrá leer correctamente el tablero. Giovanni Sartori lo explicó con claridad, “los partidos no son fines en sí mismos, son instrumentos para gobernar”. Cuando se olvidan de esa función instrumental y se convierten en plataformas de intereses personales, pierden legitimidad y eficacia.
La estructura, tanto para Sartori como para Alberto, es la base real de ganar elecciones. No la simulación, no la política de cafés, no la narrativa inflada en redes. Estructura significa organización territorial, formación de liderazgos intermedios, disciplina operativa y coherencia programática. Sin eso, el carisma no alcanza.
Coincido también en algo fundamental, los candidatos sí importan. En contextos de empate técnico, en electorados analíticos, la calidad del perfil define el resultado. No basta la marca partidista. La experiencia, la capacidad probada, los resultados concretos inclinan la balanza. La alta política exige evaluar trayectorias, no ocurrencias.
No es un dato menor que Alberto Uribe ya fue presidente municipal y fue un alcalde premiado. Es un cuadro formado en una escuela política donde muchos crecimos hace más de veinticinco años, donde la formación académica cuenta, la visión cuenta, la noción de Estado cuenta y los resultados cuentan. Gobernar una ciudad es resolver problemas cotidianos, seguridad, servicios, movilidad, orden urbano, no gobernar con o para los selfies. La diferencia entre administrador y estadista es la profundidad con la que entiende el impacto de sus decisiones.
Si hablamos de Morena en Jalisco, Lomelí debería pensar primero en el partido. Ha sido factor de división y en política la división pesa. Coincido con Alberto en que su papel en el Senado podría aportar más equilibrio. Marylin, por su parte, ha sido una diputada profesional que ha conseguido recursos importantes para el estado, pero cuando se trata de alinear y gobernar un municipio tan complejo como Guadalajara, la experiencia ejecutiva concreta pesa. En ese terreno, Alberto tiene una ventaja objetiva.
Max Weber escribió en La política como vocación que la política es la lenta perforación de tablas duras con pasión y mesura al mismo tiempo. Ser referente en la vida pública implica responsabilidad, coherencia y ejemplo. Conociendo a Alberto desde hace años, habiendo recibido la misma formación política, me consta que sabe de lo que habla. Sus resultados han dejado buen sabor de boca en quienes gobernó, y eso en política es capital real.
Otra coincidencia importante, el alcalde debe socializar personalmente donde la sociedad se siente más vulnerable. No basta delegar al gabinete. Debe empaparse de los problemas, escuchar, priorizar políticas públicas donde duele más. Gobernar es presencia, no solo administración.
Hoy Alberto es uno de los activos de Morena que más afiliados tiene en todo el estado de Jalisco, particularmente en Guadalajara, y es la cabeza de un equipo territorial amplio, disciplinado y técnicamente organizado que ha recorrido la ciudad construyendo estructura real, no narrativa. Encabeza una estrategia de afiliación que no se quedó en el escritorio ni en la foto, sino que bajó al territorio, tocó puertas, consolidó comités y generó músculo político tangible. En un estado donde muchos hablan de estructura pero pocos la construyen, él ha demostrado capacidad operativa sostenida. No es casualidad que sea referente interno en números y organización. Esa capacidad de armar equipo, de sostenerlo y de expandirlo es, en sí misma, una credencial política mayor.
No se puede ignorar que también fue uno de los artífices de la estructura que permitió a MC consolidarse en su momento. Sabe construir a largo plazo. Y en tiempos donde abundan los perfiles de coyuntura, la política de Estado vuelve a ser urgente.
Porque al final, más allá de tribus y colores, lo que la ciudadanía evalúa es capacidad y resultados. Y eso, siempre, termina imponiéndose.
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