Por Ana Beatriz Gutiérrez y Laura Gutiérrez Franco
A ver si entendemos bien el tamaño de la genialidad corporativa: Grupo Televisa decidió independizar sus negocios de diversión, como el Estadio Azteca, el Club América, los casinos y las revistas, bajo una flamante marca en la Bolsa Mexicana de Valores llamada Grupo Ollamani. Todo para llegar relucientes, independientes y con la cartera abierta a la Copa del Mundo 2026.
Cabe precisar que Grupo Ollamani fue fundado en 2024 y está presidido por Emilio Azcárraga Jean. Es muy importante señalar que Ollamani es un grupo completamente distinto e independiente de Grupo Televisa. En el mercado financiero se manejan como entidades separadas y con administraciones independientes; de hecho, en la pizarra de la Bolsa Mexicana de Valores (BMV) cotizan bajo claves de pizarra totalmente diferentes: mientras Televisa cotiza como TLEVISA, Grupo Ollamani lo hace bajo la clave AGUILAS. De esta forma, las finanzas, riesgos y balances de ambos grupos marchan por cuerdas separadas.
¿El resultado tras albergar el torneo estelar? Una verdadera obra maestra del masoquismo financiero
En su reporte oficial entregado a la Bolsa Mexicana de Valores (y revelado por Latinus), Ollamani confirmó que en el primer semestre registró una pérdida neta acumulada de 548.2 millones de pesos, empujada de manera casi poética por un impacto negativo directo de 557.2 millones de pesos bautizado bajo el sofisticado eufemismo de “Operaciones FIFA”. Y agárrense, porque como el partido México contra Inglaterra se jugó hasta julio, el propio grupo proyecta que se le sumen otros 255.9 millones de pesos en pérdidas durante el tercer trimestre. En total, el chistecito de prestar la casa ronda los 800 millones de pesos en números rojos.
El negocio perfecto: Pones el estadio, pones el dinero y la FIFA pone la sonrisa
¿Cómo se logra perder cientos de millones en el evento deportivo más cotizado del planeta y teniendo, además, el monopolio de las transmisiones a través de ViX y la televisión abierta? La respuesta se llama “condiciones FIFA” y una gestión logística para el olvido.
Está el insólito caso de los palcos “comprados”. Durante décadas, Televisa vendió títulos de propiedad sobre los palcos y plateas del Estadio Azteca por 99 años a particulares. Pero cuando llegó la FIFA con su impecable manual de privatización temporal, dijo que allí no entraba gratis ni el dueño del inmueble. Para cumplir las exigencias de Gianni Infantino y liberar los asientos para el negocio de la FIFA, Ollamani tuvo que desembolsar más de mil millones de pesos únicamente para comprarle los boletos a los mismísimos dueños de los palcos. Es decir, pagaron una fortuna por sus propios asientos para luego regalárselos o “regularizarlos” ante el organismo internacional.
A los compromisos de compra de boletaje se sumó la factura gigante de la remodelación y modernización a marchas forzadas del inmueble de Santa Úrsula. Gastaron miles de millones en infraestructura, funcionalidades digitales y parches operativos, mientras que los costos relacionados directamente con la logística FIFA se dispararon a 1,796 millones de pesos, aplastando con creces los ingresos que arañaron por renta y servicios operacionales.
Tampoco sirvió de nada que la plataforma ViX cobrara suscripciones a millones de aficionados desvelados y desesperados por ver los partidos que la televisión abierta escatimó. El monstruoso costo de operación, los compromisos contractuales de transmisión pagados a la FIFA y los gastos operativos del estadio absorbieron cualquier margen de ganancia.
“No se preocupen, es a largo plazo”
En un despliegue de optimismo que roza la comedia, la directiva de Ollamani intentó calmar a sus inversionistas en la BMV explicando que estos resultados no son representativos del patrón ordinario de la compañía y que todo es una inversión de largo plazo cuyos frutos se cosecharán cuando el América, el Cruz Azul y el Atlante vuelvan a jugar sus partidos de liga local y venga uno que otro juego de la NFL.
En resumen: remodelaron la casa, indemnizaron a los inquilinos, le pagaron una comisión multimillonaria al comité organizador internacional y se quedaron con la limpieza después de la fiesta. Un aplauso de pie para la estrategia financiera que logró transformar la mayor fiesta del fútbol mundial en un histórico dolor de cabeza contable.
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