
Horacio Villaseñor
El desastre urbano actual tiene un solo y único culpable: no es el automóvil, tampoco la gente cochina ni los “ambiciosos” desarrolladores de vivienda, sino los “ignorantes, ineptos e hipócritas” gobernantes actuales. La modernización de Guadalajara llevada a cabo a mediados del siglo XX, y que algunos consideraron destructiva porque se derribaron edificios históricos y se abrieron grandes avenidas, en mi opinión fue, entonces, lo correcto; el desarrollo no se detiene.
Guadalajara creció horizontalmente y eso era lógico, había tierra baldía. A finales del siglo XX se debió rediseñar la ciudad, dejándola crecer verticalmente; era una dinámica natural previsible en cualquier ciudad como la nuestra, pero al mismo tiempo, para controlar el desarrollo positivo, el ayuntamiento debió mantener el equilibrio entre número de habitantes y metros cuadrados de áreas verdes mínimos recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para vivir con calidad.
El gobierno municipal, al mismo tiempo que autorizaba la construcción de torres, debió adquirir, bien pagadas, manzanas habitacionales y derribarlas, convirtiéndolas en bosques urbanos que rodearan la habitación vertical. Se debió rediseñar la urbe desde la administración pública; era esencial que se garantizara la calidad de vida futura y el urbanista tradicional, por ignorancia, recomendó la fallida planificación euclidiana.
Los desarrolladores adquieren casas, las derrumban y construyen torres porque el mercado lo exige y el ayuntamiento no adquirió nada, se quedó “mirando” en lugar de hacer lo que debía hacer; trató, con urbanistas “paleros”, de regular lo imposible, el crecimiento, usando reglas absurdas y “obritas” de relumbrón, y allí está lo logrado: faltó administración.
La ciudad está destruida porque a algunos tarados se les ocurrió sembrar árboles donde se pudiera, sin comprar tierra, y esos árboles acabaron con banquetas, calles, camellones y la infraestructura hidráulica, sanitaria y eléctrica; árboles que además tapan las lámparas de alumbrado público.
El ayuntamiento de la ciudad, conducido con puro oportunista chafa, está en ruina y, mientras sigan de encargados directivos públicos ambiciosos y buenos para nada, el desastre urbano y todas sus calamidades avanzarán.
Me explico: lo que el urbanista tradicional no entendió y no atendió fue el dinamismo natural del fenómeno urbano. La ciudad no es estática, aunque aparentemente sus edificios y sus calles lo sean; si lo fuera, no hubiera sido necesario mover el edificio de la Compañía Telefónica Mexicana en 1950, como lo hizo mi tío Jorge, para ampliar la avenida Juárez. El urbanismo tradicional, sin administración gubernamental, fracasó.
La ciudad nunca está terminada: se construye, se le conserva y mantiene un tiempo, se reconstruye, se rediseña y se vuelve a construir, en un ciclo interminable; así de dinámica es, y si los gobernantes y sus asesores urbanistas no lo comprenden ni hacen lo que se debe hacer, la ciudad se destruye sola; sin intervención inteligente, colapsa y vivir en ella se vuelve un asco y un caos, así está Guadalajara hoy.
Los problemas que la gente cree que la ciudad tiene no son problemas, son consecuencias. ¿Quién debe abatir su déficit de áreas verdes? ¿Quién debe otorgar servicios de calidad como el suministro de agua potable, el drenaje suficiente, la limpieza, la seguridad y el tránsito? ¿Y quién debe ordenar su desarrollo? La respuesta es simple, se observa en la Constitución Nacional: ¡el gobierno de la ciudad, el municipal!
¿Y qué está haciendo el municipio para solucionar la desgracia actual? ¡Nada! Allí está el verdadero y único problema. No saben cómo hacerlo y se la pasan, irresponsablemente, desperdiciando recursos, en el mejor de los casos, “cotorreándose” a la gente con festejos inservibles, espectáculos y obras de relumbrón inútiles.
La ciudad debe destruirse y reconstruirse, con ciencia, anticipándose a las consecuencias negativas para lograr evitarlas en lugar de pasársela atendiendo, con un “ayuntamiento bombero”, los desastres que se presentan día a día dañando la calidad de vida del tapatío y exponiéndolo a peligros constantes.
El desarrollo urbanístico positivo no es espontáneo, hay que pensarlo. Guadalajara está destruida, pero lo primero que hay que reconstruir es a su ayuntamiento inservible.
¡Pobre Guadalajara!
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