Por Laura Gutiérrez Franco
Hay mañanas en las que la coyuntura nacional e internacional parece una sartén a fuego alto donde se baten, al mismo tiempo, la imprudencia diplomática, la ambición desmedida de la clase política y una hipocresía gubernamental que ya produce verdadero empacho. Cuando los ingredientes de la realidad no combinan pero conviven en la misma mesa, no queda más que servirlos sin filtro, bien sazonados con rigor, análisis frío y una indispensable dosis de sarcasmo. Aquí el plato fuerte de hoy.
Sin prisa y con sazón: El T-MEC en la mesa bilateral
La esperada ronda de conversaciones en el marco de la revisión del T-MEC comenzó a rodar entre pasillos y mesas de trabajo, pero lo hizo con un “pequeño” e incómodo detalle de etiqueta diplomática que encendió de inmediato las alarmas del sector privado: la mesa de negociación dejó completamente fuera a Canadá, concentrando la dinámica de manera exclusiva entre México y Estados Unidos. Que Ottawa haya quedado congelado en la sala de espera no es un dato menor ni una simple anécdota de agenda; habla con absoluta claridad de la fragilidad del bloque comercial norteamericano y del tufo de impredecibilidad que impregna cada acercamiento con el vecino del norte.
Ante la tentación del equipo económico mexicano por colgarse medallas rápidas, presumir avances prematuros o ceder en puntos críticos con tal de dar certezas mediáticas, la voz de la cordura y el pragmatismo la puso directamente el sector productivo. José Medina Mora Icaza, presidente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), envió un mensaje directo, sobrio e impecable a las oficinas de Gobierno: lo que están pidiendo los empresarios es no tener prisa.
En el terreno minado de la política estadounidense —donde con Donald Trump en el panorama cualquier promesa se vuelve volátil de la noche a la mañana y las reglas del juego cambian según el estado de ánimo del día—, apretar el paso es jugar a la ruleta rusa con el futuro económico del país.
Precipitar compromisos o cerrar acuerdos a marchas forzadas solo por la presión del calendario es la receta perfecta para cometer un error de cálculo con factura multimillonaria para la industria nacional. Medina Mora sugirió, incluso con fina astucia diplomática, que lo más prudente es observar de cerca el desarrollo de los procesos electorales en Estados Unidos antes de dar pasos en falso. En materia de comercio exterior y soberanía económica, más vale una pausa inteligente y estratégica que un acuerdo atropellado que condicione el desarrollo del país durante los próximos años.
La escuelita de Morena y el mito de la “metodología”
En la casuela del partido oficialista, la secretaria general y encargada de la Comisión Nacional de Elecciones, Citlalli Hernández Mora, tuvo que salir apresuradamente a apagar incendios y echarle agua fría a la ardiente caballada guinda. La escena roza el ridículo pero retrata a la perfección la naturaleza del poder: decenas de militantes andan desbocados, alebestrados y a codazo limpio disputándose las candidaturas para las 17 gubernaturas que se renovarán el próximo año. Es un espectáculo de voracidad pura, donde la prisa no es por presentar proyectos de estado, diagnósticos regionales o soluciones a la violencia, sino por amarrar a como dé lugar un hueso con presupuesto asignado.
Lo alarmante de este sainete partidista no es solo el hambre desmedida de poder, sino la evidente e innegable falta de preparación técnica, capacidad administrativa y estatura política de la inmensa mayoría de los aspirantes. Para intentar aplacar los ánimos y meter un poco de orden en la jauría, Hernández intentó tranquilizarlos asegurándoles que el filtro definitivo de selección será, cómo no, el famoso y desgastado método de las “encuestas”.
Llama profundamente la atención que sigan vendiendo como dogma de fe y garantía de democracia interna una herramienta metodológica cuyos cuestionarios, muestras y transparencia nadie ha podido auditar jamás, pero que milagrosamente siempre arroja como ganador al perfil previamente bendecido desde las alturas del poder. Pretender que una masa de ambiciosos sin perfil ni trayectoria acepte la disciplina partidista bajo la promesa de una “encuesta imparcial” es querer tapar el sol con un dedo. El problema de fondo no es el método de medición, sino la falta de recato de una clase política que ve la administración pública no como un servicio, sino como un botín listo para ser saqueado.
El silencio cómplice ante la dictadura nicaragüense
Para cerrar con broche de oro este banquete de contradicciones, la columna Templo Mayor acaba de poner el dedo en una llaga diplomática que avergüenza profundamente a la tradición de la política exterior mexicana. Mientras desde la tribuna oficial se llena la boca pronunciando discursos inflamados sobre la “soberanía”, la “autodeterminación de los pueblos” y la “defensa inquebrantable de la democracia”, el Palacio Nacional no ha dicho ni pío ante la brutal y descarada declaración del dictador nicaragüense Daniel Ortega, quien anunció abiertamente y sin pudor alguno que jamás volverá a permitir la celebración de elecciones libres en su país.
El atropello flagrante a los derechos humanos, la persecución de opositores y la anulación definitiva de las libertades políticas del pueblo nicaragüense fueron recibidos por el gobierno mexicano con un silencio sepulcral, tibio y profundamente cómplice. ¿Dónde quedaron los ideales democráticos que tanto presumen hacia afuera cuando se trata de juzgar a los vecinos o a los rivales políticos?
Esta omisión demuestra con absoluta claridad que la doctrina diplomática del oficialismo se aplica con una doble vara y a pura conveniencia ideológica: dura y severa contra las críticas internas o los gobiernos opuestos a su visión, pero ciega, sorda y muda ante las tiranías verdaderas que comparten su camiseta ideológica. Cabe preguntarse con absoluta seriedad y rigor periodístico: ¿por qué callan tan cómodamente ante un régimen que pisotea impunemente las urnas? ¿Se trata de una simple cobardía geopolítica o es que, en el fondo, contemplan el modelo autoritario y la perpetuación en el poder con una incómoda nostalgia y una envidia disimulada? Defender la democracia de dientes para afuera mientras se solapan dictaduras de facto no es neutralidad ni respeto a la soberanía: es complicidad en su estado más puro y cínico.
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