
Por Manuel Gutiérrez
La voz de alarma llegó suavemente, como corresponde a los recintos universitarios más selectos de los Estados Unidos, y fue en Harvard en donde comenzó una tendencia a establecer una escala de méritos en las evaluaciones de los estudiantes, sin concesiones, sin puntos extra por nada y alejarse del deseo complaciente de sentir que sus generaciones lograban altos puntajes de calificación, pero estaban arruinando al verdadero talento.
Yale, la rival de siempre, se sumó a ese llamado que llegó como eco al New York Times, y de ahí pasó a las universidades de la Ivy League, para terminar siendo un llamado a no poner cosméticos y embellecer calificaciones que no correspondan a una precisa, estricta y necesaria realidad.
Harvard comenzó a considerar que estaba generando por generaciones más grados Magna Cum Laude, que significa que se realizó una trayectoria universitaria de preparación perfecta. Pero el grado máximo entonces se estaba “popularizando”, se estaba haciendo posible por méritos comunes de estudiantes aplicados, responsables, pero no geniales.
Este llamado endureció los criterios de examinación y se propaga como una ola a las universidades privadas y públicas de los Estados Unidos. Los grados deben ser logrados con verdaderos proyectos que demanden originalidad, maestría, habilidades demostradas de los conocimientos logrados en las aulas, en las tutorías, en las asesorías, y en demanda de una investigación que lleve el concepto de maestría o doctorado a otro nivel.
La reflexión, sin embargo, nació de Cambridge y Oxford en Inglaterra, que consideraron que ahora un doctorado se ganaba con un relativo esfuerzo y sin aportar algo importante como resultado de una investigación profunda. La exigencia en el Reino Unido se planteó como: si decides lograr un doctorado, tienes que ser examinado en tu campo por especialistas comprobados, incluso ajenos al ambiente universitario.
Un conocido, por ejemplo, hizo un trabajo de esa naturaleza sobre el henequén para doctorarse en el Reino Unido. La sorpresa y el retraso de la aprobación y revisión de su tesis doctoral se debieron a que la universidad se dio a la tarea de buscar expertos a nivel mundial sobre el tema, que leyeran el documento doctoral y luego viajaran a Londres para ser sinodales exigentes de la valoración doctoral. Para ello, consiguieron expertos de la India, considerando que el cuerpo magisterial de la universidad inglesa no tenía la especialidad para comprender, valorar y colocar en la justa dimensión al tema.
Esta preocupación de alguna manera se amplió a las universidades de los Estados Unidos, que consideraron que estaban generando títulos con ciertas facilidades y que no correspondían a la demanda de los cazadores de talentos, que estaban llevándose medianías de gente que cumplió el trámite y realizó los trabajos correspondientes, pero sin ser excepcionales.
El siguiente paso fue reducir el grado Magna Cum Laude, y la búsqueda de esa distinción conduce a lograr que el genio sobresalga. Un estudiante excepcional, extraordinario, podría estar siendo mediatizado por las generosas letras “A” que se obsequiaban a los trabajos. La “A” subió de valor pero no de precio, sino de mérito, y tener muchas “A” significa que se trata de alguien fuera de lo común.
En estos tiempos en que se adora el igualitarismo, este aplica en las universidades en cuanto a la igualdad de cátedras, de acceso a los recursos del aprendizaje y a las tutorías especializadas. Pero el diferenciador tiene que ser el alumno, el que demuestre que leyó más, que comprobó algo diferente, que fue más lejos, más profundo en sus temas y que, por ende, merece ser distinguido con un grado diferente.
La reducción de grados es, paradójicamente, más democrática que los racimos de doctores por montones, pero sin ser verdaderamente ese grado que dicen haber logrado. El reconocimiento de una universidad parte de la eficacia de la evaluación, de la comprobación de capacidades, del dominio del tema y del aprendizaje realizado. Hacer lo contrario es atentar contra los verdaderos talentos.
Y no pensamos en que estuvieron truncos los contenidos; al contrario, se tuvieron consultas adicionales y profundas a cada tema. Los temas se alcanzaron en su totalidad, con su procedimiento implícito y sin ausencias. Si bien se privilegia la libertad del alumno para aprender de la manera que prefiera, la presencialidad se volvió a tener como un punto importante.
En estos tiempos de IA, de acceso a la información abundante, muchas veces se carece de la capacidad para dominar un contexto en su amplitud, y se aprende en diversos grados y en diferentes niveles sobre un tema determinado. De ahí la importancia de la evaluación.
Lo peor que puede hacer un sistema educativo —básico, intermedio o superior— es regalar aprobaciones. En nuestro medio, y particularmente en el caso de la universidad pública, muchas personalidades se agregan al entorno de la enseñanza, pero su alto grado de conocimiento no necesariamente está acompañado de las técnicas suficientes para exponer y hacer comprensible un tema; o bien, son personalidades tan importantes que el asunto educativo queda obligado a soportar ausencias frecuentes en un calendario escolar.
José López Portillo, en su Testimonio y luego de convertirse en un experto en la enseñanza de la teoría del Estado, así como en temas de ciencias políticas como parte de la formación de los juristas, privilegió esa función hasta que el servicio público le hizo admitir que era imposible continuar con esa grata labor. Pero el problema es cuando las clases, en el medio de un país de contradicciones en su desarrollo, se convierten en suplementos de ingreso o, definitivamente, en condiciones de supervivencia.
Si bien esa condición puede ser ajena a la calidad que se aporte en la cátedra, no deja de ser un vicio porque se da una aceptación de ambiente cómodo, y dentro de ese ámbito se maneja cada curso, sin retos o afanes singulares de buscar la calidad extraordinaria.
La calidad de nuestros maestros, de universidades públicas o privadas, es por tanto desigual, pero los hay de enorme vocación y que no se limitan a cumplir un programa mecánicamente. Hay quienes llegan más lejos e impulsan más alto al alumno, y ese proceso es lo que busca también privilegiar la casa de Harvard. La facultad de enseñar es tan importante como el tipo de resultados que obtenga la sociedad de las personas con títulos.
Por eso, las letras “A”, máximo nivel en un trabajo de esas universidades, se pusieron más difíciles como una consecuencia de combatir niveles de mediocridad. Que cada quién muestre sus capacidades en la escala de la universidad.
Esta tendencia choca totalmente con México por su planteamiento educativo en la Nueva Escuela Mexicana, en la que todos, asistan o no, cumplan o no, aprueban. Y si hay deficiencias de lectura, escritura o de matemáticas, sencillamente se convierten en asignatura pendiente para el siguiente maestro, que otra vez enfrenta la exigencia de pasar para evitar molestias burocráticas o ser visto como renuente a las nuevas políticas.
Lo cierto es que, en esta última década, hemos alterado ese tipo de inquietud meritocrática de la educación en todos los niveles. Incluso se llegó a la arrogancia de convertir la educación básica en propaganda, en discurso ideológico, en desorganizar el aprendizaje de tal manera que los afectados son los estudiantes que aspiren luego a lograr la educación superior.
Si Harvard se preocupa por la excelencia, es tiempo de reflexionar. La precisión de una calificación no debe ser una exigencia del sistema o un privilegio del tiempo y de la moda, en que se pretende igualar lo que nunca debe ser igual: los niveles de capacidad y preparación de cada individuo, que definitivamente abrirán o cerrarán caminos para escalar a las cumbres máximas del conocimiento.
El derecho y el acceso a la educación deben ser parte de la ley y una oportunidad segura de acceder al conocimiento. Pero no la calificación, no los resultados. En eso se tiene que cambiar de nuevo, y cada escuela debe saber quiénes son sus talentos reales; también es una manera de ubicar las vocaciones, porque no todo un país puede aspirar a un título profesional, sino que los sujetos encontrarán si ese es el camino y si tienen la capacidad y vocación de buscar el éxito académico.
En eso hemos equivocado la oferta vocacional y académica, que apoya carreras cuya rentabilidad se observa como resultado de la demanda del mercado. Sin entender que un licenciado en Literatura puede lograr, a los más altos niveles, las compensaciones necesarias para su carrera y los logros y reconocimiento que debe obtener. Nuestro marco de elección se va a las vocaciones clásicas, soslayando incluso las nuevas modalidades de ingenierías; pero para las nuevas generaciones, suplir las deficiencias de un sistema que premia la conformidad y que aprueba en generalidad va a ser muy difícil. Pero habrá nuevos valores que triunfen a pesar de todo, y en ese triunfo estará la familia, los hábitos culturales, la lectura, la comprensión, el buen uso de los medios digitales y una formación lo más completa posible.
Incluso se soslaya otro tema que difícilmente aflora en los medios académicos actuales: la disciplina, la fuerza mental para lograr un desarrollo, para investigar o cuestionar con fundamentos; y en ese sentido, estamos ante generaciones que creen que por existir tienen ya el derecho a tenerlo todo y a que se les otorgue lo que el tesón debe conseguirles.
Qué bueno que Harvard se preocupe por este tema. Y que pronto sea tendencia, porque la superpoblación de universidades y la enorme oferta educativa superior pueden generar la tentación de ser generosos en las evaluaciones. En la medida en que estas sean reales y significativas, la calidad de los egresados será la
mejor bandera.
Y tal vez no sea el camino de millones de jóvenes, solo de muchos, los que emprendan la escalada de la cumbre de la meritocracia; y cuando esto se entienda mejor, que los sistemas se mejoren, porque están apostando a hipotecar el futuro con bases deficientes, y en eso la 4T ha coadyuvado con singular alegría a una formación en la que la réplica de doctrina se estima como un éxito del cambio social, sin considerar que es una parte incompleta.
No se puede jugar a sectarizar la educación, por otra parte. Pobre, insuficiente y cargada de dados ideológicos, no puede aportar lo que el nivel superior necesita y, de perpetuarse, corremos el riesgo de derrumbar la calidad total del aprendizaje. Pero dejemos a los expertos que consideren si urge o no una reforma de la reforma y, sobre todo, un concepto de valoración integral del alumno, desarrollando sus competencias particulares, pero no dejando huecos funcionales que lo lastrarán de por vida. Mejor creer en lo que Harvard está planteando: la meritocracia como base de la educación.
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