
Horacio Villaseñor
Lo que hace el “gobierno” en materia de transporte público —todo, como esos “programitas” de apoyo social para grupos vulnerables; la incorporación de trenes nuevos, la entrega de autobuses o las supuestas mejoras para la operación de un sistema que no sirve— es puro “hacerle al cuento” y mantener los beneficios de algunos cuantos.
La mejor prueba de que es cierto lo que digo es el hecho de que administradores gubernamentales entran y salen cada seis años y el “servicio” de transporte sigue sin servir, porque si no logra que la gente deje de usar su auto particular, no sirve. Esa debe ser la estrategia: crear un sistema de transporte con un servicio mejor que el que te da un vehículo particular; un transporte suficiente, eficiente y seguro que la sociedad pudiente lo prefiera en lugar de su automóvil personal.
A la gente rica no le gusta tirar su dinero, pero tampoco sufrir la ineptitud del gobierno. Lo he dicho: el sistema actual está diseñado para que sea utilizado por quien no le queda de otra, ¡peor es nada! Está diseñado para el uso de los pobres y, en tanto no se entienda esto, seguirá el aumento del uso del vehículo particular. En tanto no se diseñe un servicio público que sea mejor que el que te da tu auto, nadie dejará de usarlo.
No se trata de comprar unidades de transporte y presumir su entrega, sino de ser un gobernante decente e inteligente, que vea por el desarrollo de la ciudad en general.
Me explico: mi tío Jorge Matute, Premio Nacional de Ingeniería en 1971, se anticipó a lo que sucedería en Guadalajara. Para evitar el colapso del tránsito por vehículos particulares, en 1980 —hace más de 40 años— propuso un sistema ortogonal de transporte que tenía por idea central la eficiencia: un sistema de estructuración lógica y planificación de rutas, efectivo, digno para todos, no solo para pobres.
Pero como los intereses de los concesionarios del transporte no permitieron su implementación y el gobierno, en realidad, no ha defendido el interés general desde entonces, no ha habido gobernador alguno que logre hacer lo que se debe hacer. Para todos los “gobernadores” ha sido mejor su irresponsable tranquilidad y conveniencia, aunque los ciudadanos suframos el desastre metropolitano a la vista.
De raíz, el problema es la falta de administración gubernamental. El servicio, en general, debe ser prestado por el gobierno y debe ser gratuito, eventualmente con cooperación voluntaria por agradecimiento y reconocimiento social.
Mi tío Matute Remus nos dijo lo que se debe hacer. Aseguró que “en ingeniería las cosas son muy fáciles de arreglar porque se demuestran con números”. Lo que no hay por parte de los gobernantes es compromiso social. Eso es lo que ha faltado para mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos en esta metrópoli, y solo se podrá lograr implementando un servicio de transporte confiable y accesible, de tal calidad que a todas las clases sociales les convenga usarlo.
La solución existe y es relativamente rápida, pero no fácil. Primero, hay que tener gobernantes administradores de buena cepa, que hagan rendir el dinero. Después, implementar una red de transporte que cubra toda la ciudad, con camiones de todos tamaños: pequeños y abundantes en calles colectoras, y de mayor tamaño en avenidas, calzadas y viaductos, con la prohibición de que vaya gente parada. Adquirir terrenos para abatir el déficit de áreas verdes, lo que evitará inundaciones, y construir la red subterránea de transporte masivo.
La sugerencia ahí está, la puso el tío. La decencia y capacidad de los gobernantes es lo que por décadas ha faltado.
Ni hablar.
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