
Por Manuel Gutiérrez
Cuando la Casa Blanca anunció el viaje de Donald Trump a la China Popular, fundando el viaje en la aspiración de sumarla a la causa para la liberación del estrecho de Ormuz, la verdad no podía creer tal despropósito porque era ignorar muchas realidades que son parte del Dragón Rojo. Simplemente, los asesores de la Casa Blanca o son una partida de inútiles o lo son porque su miedo a la figura de Donald les impide presentar datos veraces y juicios certeros.
Era algo tan absurdo suponer que China, que es el principal comprador de petróleo de Irán y tácitamente su principal aliado, dejara de obtener ese energético a bajos precios de preferencia y se añadiera a una flota que pretende abrir el paso, custodiando los convoyes en ese estrecho. Absurdo; cualquier estudiante mediano de ciencia política de cualquier universidad, no solo de Estados Unidos, reaccionaría con una sorpresa absoluta ante tal despropósito.
Así las cosas, Trump seleccionó un grupo de unos 200 empresarios con la finalidad de lograr negocios en China, entre ellos estaban los de Boeing y Nvidia. Pero los resultados de las negociaciones fueron pobres: de tener un pedido inicial de 500 aviones Boeing para afianzar las aerolíneas de China —dado que sus aparatos propios, los de la línea COMAC, diseñados como copia del Airbus 320 para corto y mediano alcance, algo tienen que se desconoce. Puede ser algún tipo de falla, motores no durables e insuficientes, pero no son la apuesta comercial que compita con el dominio de Boeing y de Airbus—. Por ello, China había encargado 500 aparatos de la serie Max 737 (series 8 y 9) para satisfacer principalmente su mercado interno. Intervino la gira de Trump y hubo una caída de la oferta de compra a 300 aparatos, lo que hizo que las acciones de Boeing se desplomaran.
Nvidia, por su parte, nada vendió, aunque la encandilaron con que China les compraría chips por millones. Apple y Tesla tampoco lograron nada. Agrio fue el sabor comercial de la gira.
Pero en lo político hubo un rechazo absoluto a las propuestas de Trump sobre Irán. Ciertamente le pusieron alfombra roja y cena de gala en el Salón del Pueblo a todo lujo, pero Xi Jinping tiene muy claras sus prioridades, y la primera de ellas es no depender de los Estados Unidos.
Mientras el corredor terrestre intenta mover el petróleo, los barcos petroleros sin comprador congestionan más esas reducidas aguas. Las petroleras árabes colocaron en ellos su producción; dado que las capacidades de almacén han quedado rebasadas, hoy son bodegas flotantes que esperan comprador, y todo sumado a los barcos atorados y a un mundo de navíos de guerra: una escena de locos que nadie se esperaba.
La siguiente situación acabó por terminar con las ilusiones de Trump: Xi Jinping sacó a colación el asunto de Taiwán, al que incluso la China Roja le compra chips. Taiwán, seriamente ofendida, prefirió publicar su reiteración de independencia de China y de cualquier otro país. La trampa obvia funcionó y Estados Unidos se atragantó porque no puede abandonar los chips de Taiwán —digo, a su democracia—, pese a que son aliados históricos por los esfuerzos de Chiang Kai-shek, fundador de Formosa y destituido por los tanques de Stalin en apoyo a Mao Tse-tung. Y perder Taiwán significa romper el pacto de los Estados Unidos con Asia; nada con Japón, con Corea del Sur, incluso Australia, Filipinas e Indochina, todo se sacude. Perder esto sin gracia por una concesión imposible que no está al alcance de Trump, pese a su reiterada y miope visión, causaría un daño de aceptación inimaginable y cambiaría el mapa del mundo.
Taiwán, por conducto de su presidente Lai Ching-te (conocido como William Lai), por su parte hizo lo contrario a la recomendación de Trump y reafirmó su independencia, botó un gran submarino de ataque y está preparado para el asalto de la China Roja.
Una de las provocaciones que fueron soslayadas por parte de Trump fue llevar a Marco Rubio, vetado por la China comunista por declaraciones que consideraron inaceptables. Sencillamente fingieron que no estaba ahí. Pero qué mal juega sus cartas Trump; tiene de diplomático lo que un chivo retozón en una cristalería, solo le faltó invitar a Richard Gere, el actor pro-Tíbet.
Taiwán, a solamente 80 millas náuticas de China, sabe que se juega su futuro, pero está preparado con una poderosa fuerza aérea, con misiles de crucero e instalaciones defensivas muy serias que ocasionarán severos daños a quien intente conquistarlos. La obligación por ley de alianza con Taiwán para Estados Unidos tampoco puede soslayarse, contando con una fuerza aérea de primer nivel y la prometida ayuda de los aliados.
China, en tanto, no pierde tiempo. Ha desarrollado capacidades de misiles, embarcaciones y submarinos, todas dedicadas a eliminar no solo a Taiwán, sino a las acciones coordinadas de eventuales aliados. Pero lo que Trump ignoró por su reiterada intolerancia, y que nadie le dijo, es que China pretende borrarlos de las islas bases. Es decir, Guam, Okinawa y otras bases estadounidenses quedan ya dentro del diámetro operativo de China; están en posibilidad de expulsar a los norteamericanos porque Trump arrojó el resultado de la Guerra del Pacífico en la Segunda Mundial al cesto de la desconfianza. Ignorar ese riesgo es tan propio de una administración sin hechura. Fatal papelón fue a hacer, en el que nada logró.
Las declaraciones conjuntas de la gira hablan de éxitos, pero nadie ve alguno. Es la retórica acostumbrada, pero el resultado fue muy rudo para los planes de Trump, que ha dañado sus alianzas con Europa y con Asia, las cuales vieron con expectación si sería capaz de dar el paso estúpido de ofrecer la entrega de Taiwán; por fortuna, no llegó a tanto.
Las principales agencias mundiales revisaron o cubrieron la gira, y sobre todo las europeas mostraron la magnitud de la desilusión. Trump ha anulado a sus aliados, los ha humillado, ofendido, y ya nadie lo considera en serio como parte de las alternativas de defensa. Simplemente fue a perder el tiempo, a dañar la relación con los verdaderos aliados y, de pasada, ya no logró imponer nada ante una China que le ha perdido el respeto al enemigo principal desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
El premio gratuito logrado por China fue la unilateral rebaja de los aranceles a sus productos del 20 al 10%, pero si bien es una concesión, los tenía sin cuidado. China está por mostrarle al mundo de qué es capaz en el Pacífico.
Ahora Trump tendrá que remendar y hacer operación cicatriz con sus aliados en un intento necesario —y plenamente injustificado por tener que resolver lo que estaba claro, pactado y bien armado— y que ahora es motivo de severa desconfianza, porque se separó y puso distancia con Taiwán en aras de agradar a Xi Jinping. Lo adicional fue que incluyó el fentanilo en las negociaciones, obteniendo vagas promesas de control. Solo les faltó decir que ellos no lo hacían, que preguntaran en México, en donde el presidente anterior también decía que «cuál fentanilo».
Incluso con los aviones que se pretende comprar: en 2017 se acordó comprar 300 aparatos, pero las relaciones se hicieron difíciles y terminaron en ceros. Para la Unión Europea la visita fue un fiasco, aunque vieron aliviados que ellos, por su cuenta, han negociado mejores acuerdos con China, lejos de los Estados Unidos. Total, un alto costo para nada, al estilo de Trump.
Por cierto, el Mundial de fútbol será en Estados Unidos, país promotor de la guerra sionista de Israel en el exterminio de Gaza. Y adicionalmente causó el problema de Irán sin justificación alguna, otra guerra. ¿Debería la FIFA sancionar a este país, retirándole los juegos del Mundial por esa actitud belicista comprobada? Claro que, en un mundo real, no lo va a hacer. Y menos la FIFA, capaz de sancionar según los poderes mundiales, pero que no puede ser pareja. Se hacen de la vista gorda con una moral a modo y le dan el premio de la Paz a Trump. Un mundo que sanciona invasiones extranjeras a otros —caso de Rusia, con muchas razones—, pero no las de los estadounidenses.
Y adicionalmente está el fracaso en Latinoamérica para resolver la democracia de Venezuela, que sigue siendo una dictadura feroz en la que el chavismo sigue con el poder. Tampoco se afrontó una solución inmediata y apertura de Cuba, desmantelando la dictadura militar y partidista, porque eso es lo que crearon: un organismo de control total en manos de los militares cubanos que fueron llamados, igual que en México, a hacer de todo y terminaron dueños de todo.
¿Qué se le debe agradecer a Trump en Occidente? De Ucrania a Taiwán, de todas partes hay intervenciones interesadas, parciales, limitadas, sesgadas e inútiles; solo el sionismo puede estar feliz con Israel como agresor impune. Todo dentro de un contexto político y económico en el que no ha podido con Irán. Y no pudo tampoco someter a la Rusia de Putin, que sufre con la ayuda europea a Ucrania, pero en la que dejó la asignatura reprobada y dañó la relación y esencia de la OTAN.
La realización de carreteras por la península arábiga para aliviar el cierre del estrecho, así como de una vía férrea por concluirse, muestran que la guerra como extensión de la política tampoco le ha funcionado a Trump. Y volver aliado a China, imposible. Como tampoco ve su manipulación de Israel, o el juego de Putin para apartarlo de Europa y del conflicto con Ucrania.
A la fecha, ese gobierno ha sumado errores sin fin, uno tras de otro. Lo de Taiwán no va por un buen camino, por eso ellos mejor se declararon república independiente y están decididos a sostenerse así a cualquier costo. El viaje dejó la sensación de traición encubierta a un aliado histórico. La consecuencia: Japón y Alemania vuelven a requerir ser potencias militares decididas y con fuerte influencia en sus áreas, y todos lo ven bien porque ya no se cree en los Estados Unidos.
La injerencia en México es provocada por ese fracaso exterior, no porque deseen salvarnos del populismo, las mentiras y el narcoestado de la 4T, aunque les afecten nuestros delitos. No, es porque necesita ganar en alguna parte, de algún modo. Rocha Moya y muchos narcopolíticos están en la mira; incluso hacen pensar en el secretario de Marina anterior, Rafael Ojeda, o en el presidente López Obrador, porque sabía todo, toleró todo y pactó en definitiva con las fuerzas del mal, y eso es lo que no quiere que se reconozca judicialmente.
Si no interviene Estados Unidos, no hay organismos de justicia o seguridad que nos puedan avalar en México y sean competentes para afrontar el problema del narcoestado, porque el mismo gobierno de inicio los absuelve, los declara inocentes y exige pruebas, mientras ellos, vivos, se van por su cuenta a tratar de salvarse. Gerardo Mérida, Enrique Díaz (seguridad y finanzas) buscan la protección que el gobierno de Morena no les garantiza en su propósito de resguardar a todo costo al de arriba, que sigue gobernando este país. Por ello, mejor pactan con los Estados Unidos y crean una coyuntura que puede ir demasiado lejos. La cortina de humo de linchar a la Gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, no les va a alcanzar, con todo y la marcha de Andy y Ariadna contra ella, diciendo que es por la soberanía.
Pero cerremos esto: ante sus pares, Estados Unidos no es la superpotencia; es un país con un marcado déficit económico, dividido en polarizaciones étnicas entre sus ciudadanos, decadente en lo moral y vacilante en los principios libertarios. Adicionalmente, cuenta con un acierto que nadie más ha tenido para echar por la borda los resultados del pasado, que se pagaron con vidas estadounidenses y que este Presidente olvida sin el más leve sentido de congruencia. Ucrania también se sacudió la influencia de Trump, pero ya no van al matadero porque en Washington alguien quiere ufanarse de arreglar el mundo a su manera.
Trump vio que su arte de negociación fracasa con Xi Jinping, quien no cedió un ápice en lo esencial. Sus propios intereses geopolíticos entre sus iguales no los maneja Donald.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que A Fondo Jalisco no se hace responsable de los mismos.







