
Horacio Villaseñor Manzanedo
A propósito de las próximas elecciones y de las y los candidatos, lamentablemente, lo único que no proponen es lo que hace falta. Para empezar la reflexión, dejemos claro tres cosas; primero, al gobierno solo le falta dinero si el encargado por tres o seis años es un inútil, toda vez, que la hacienda pública está diseñada para que año con año, a través de los impuestos ingrese lo que se necesita para asegurar la prestación de los servicios públicos demandados; segundo, al gobierno solo no le alcanza el tiempo si el encargado es un improvisado, sin preparación, experiencia ni capacidad para solucionar rápido, el gobierno es atemporal, no inicia ni termina con alguien, no es su gobierno, sino que se le encarga al electo administrarlo por un periodo, y; en tercer lugar, su tarea y deber, porque se le paga para ello, es administrar, gestionar y gerencial la función pública, en el entendido que eso significa que con el poder público que se le concedió debe atrapar la contingencia pública, esto es que debe asegurarse de que no suceda lo que no debe suceder, en el espacio público conservándolo, en beneficio de los que pagamos para poder disfrutar la urbe, todos los días y a todas horas, en inmejorables condiciones, en lugar de tenerla que sufrir, acostumbrándonos en el mejor de los casos al cochinero y abandono en el que se observa, o peor sufriendo molestias, accidentes o daños. El fin de todo ayuntamiento es mantener, permanentemente, la ciudad limpia y segura, con o sin gente limpia y decente y, para lograrlo hay que tener los medios adecuados, que no son dinero, tiempo ni voluntad política, esos son pretextos utilizados por lo limitaditos que son, lo que falta son ejecutivos con talento, que entienden lo que es el valor público, con conocimientos y claridad respecto a la importancia que tiene organizar equipos de trabajo profesionales capaces de rediseñar las normas y dependencias para sostener, en el tiempo, la contingencia que se vaya atrapando y las soluciones que se van logrando. No se trata de arreglar hoyos, apagones, el agua “chocolatada”, los parques, jardines, mercados, unidades deportivas, calles, avenidas y pasos a desnivel hechos un asco o de atrapar delincuentes después del daño causado, sino de asegurar que todo siempre esté arreglado, que haya orden, que el gobierno atrape al que delinque, en el momento que lo hace y que atrape, también, todo tipo de contingencia antes de que desestabilice el sistema ideal público y sus subsistemas y que, en caso, de eventual alteración, exista capacidad para hacer los cambios necesarios para regresar rápido al mundo deseable. Que la ciudad, toda y en todo momento, esté limpia, iluminada, pavimentada, con áreas verdes decentes,mercados públicos y unidades deportivas mejores que las privadas, con el suministro de agua y drenaje suficiente y eficiente y, segura, esa es la obligación de quien gobierna, no es opcional, de allí que proponer lograr lo que por ley es obligatorio, es idiota. Lo que deben proponer, en todo caso, es cómo van a lograr tan inmenso reto, desafío que alcaldes “contados con la mano” han logrado. El valor público y la planeación estratégica no se les da a los “políticos” de ahora, su limitada capacidad solo les sirve para ganar elecciones, porque es circunstancial, basta estar en el lugar y en el momento indicado, no es asunto de inteligencia. Lo que hay que arreglar es al gobierno, iniciando por preparar y capacitar a quienes serán los encargados en el futuro, porque por lo pronto, como decía conocido comediante, “no hay, no hay”. ¡Ni hablar!
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