
Horacio Villaseñor Manzanedo
Cuando un gobierno anuncia operativos de limpieza, seguridad, etc., muestra su infructífera capacidad porque lo que anuncia son composturas y estas, solo se justifican cuando se trata de asuntos que no pueden ser prevenidos, como el caso de un temblor de magnitudes sorprendentes. Me explico: Los fines y objetivos de toda administración gubernamental, de cualquier orden de gobierno en México, son aquellos que garantizan otorgar servicios que sirven, que solucionan, no solo que existen en un entorno complejo donde la relación entre poder y conocimiento, en estos tiempos, se ha perdido. Independientemente de que la administración pública sea disciplina o ciencia, no hay duda de que es una profesión que pone en juego la capacidad de sus practicantes para evitar surjan consecuencias no deseables en el espacio público, de allí la importancia de esta actividad. Ojalá se tratara, la administración pública, de un ente monolítico, estable, apolítico y técnico, como algunas escuelas de pensamiento ortodoxo proponen debe ser, pero no es así, la realidad es otra, se trata de una arena con múltiples personas en acción, con valores y visiones distintas de lo que es vivir y convivir bien. En esa realidad, contradictoria, conflictiva, incierta y caótica, el administrador público debe cumplir y hacer cumplir la voluntad de la sociedad, ¡la ley! ¿Por qué digo realidad caótica? Porque las personas naturales al adquirir poder público, no se transfiguran, no es sencillo convertirse en una persona artificial que hará lo que debe hacer, no lo que crea, sienta o desee. El poder es indispensable, pero también, sin control ni límites, riesgoso. Entonces, el objetivo es poner orden en la organización, poner las reglas del juego donde se pueda convivir, con servidores públicos que son distintos, que desean cosas diferentes y deben asegurar lo que es su razón de ser, lograr el bien general. Entonces, ¿qué es el aparato administrativo? Sin duda, un conjunto de organizaciones diferentes que existen por la acción de la gente multifacética, no zombis profesionales ni ángeles que hacen lo que deben hacer. Ese es el tamaño del reto de un gobernante. El administrador gubernamental, debe saber gobernar al gobierno, su función no es gobernar a la sociedad, eventualmente entre los gobernados puede haber ciudadanos, pero solo aquellos que al faltar a alguna regla pública entran en esa categoría que en tanto se sea cumplido se estaría fuera y en libertad. Saber lidiar con el gobierno es saber qué hacer cuando el fin no es uno solo ni claro; también, saber qué hacer en un ambiente con competencia política; qué hacer en una atmosfera con miembros que defienden sus propios intereses; y, qué hacer para que se cumplan las instrucciones en una lógica que no es buscar eficiencia sino vigilar. Sin capacidad política,ni para administrar en la volatilidad de la alternancia y la pluralidad; sin entender que la restricción legal es importante, pero también la organizacional; sin valorar y comprender el peso de lo interorganizacional y sin habilidad para manejar la frustración y la incertidumbre, no se podrá hacer que la función pública funcione. El encargado tendrá poder, pero no podrá. Lo único que queda por hacer, para no pasar de la gloria aparente a la vergüenza, el desprestigio o la desgracia personal es el adorno, el espectáculo y la vacilada efímera. Un “gobierno” inoperante, inservible, inútil, y nulo, tiene que hacer operativos. Ni hablar.
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