
Horacio Villaseñor Manzanedo
Si los ayuntamientos no logran su independencia pecuniaria, no podrán solucionar nada, ordenar su territorio será imposible y su desarrollo metropolitano, ¡menos podrán! Si los ayuntamientos entendieran su función, la metropolización no solo no se percibiría como un problema, sino que aprovecharían el hecho que facilita cumplir con sus obligaciones. Me explico; en primer lugar, dejemos, de lado, el tema del dinero, porque si hay más gente, en un mismo territorio, también hay más dinero que ingresa al erario por la vía de impuestos en los tres órdenes de gobierno (federal, estatal y municipal). Hay que destacar que la función pública está diseñada, en teoría, para que el municipio pueda solucionar todas sus necesidades sin ayuda de los otros dos órdenes de gobierno, pero si el ayuntamiento se integra con gente sin capacidad ni experiencia, que solo llega a la administración por llegar, porque no tiene nada mejor que hacer, no habrá dinero que alcance. El diseño institucional vigente aún da para que el municipio sea libre e independiente económicamente, a pesar de que, su espíritu, ha sido modificado y dañado, con tanto regidor tonto y oportunista, que no sabe. Si la función pública municipal tuviera gente talentosa, las participaciones estatales y federales serían recursos extras, dinero para prever las obras del futuro, no para gasto corriente. En segundo lugar, si los ayuntamientos encargados por tres años tuvieran gente preparada para gobernar, tres años serían suficientes, sin talento, no hay tiempo que alcance, ni seis años servirán de algo. En tercer lugar, ¿qué no es más fácil y menos costoso otorgar servicios públicos a mucha gente junta que a mucha gente dispersa?, entonces, ¿qué no es el fenómeno metropolitano, para el gobierno municipal, una ventaja? Bueno, si no logras construir, rápido, y operas un servicio eficaz de trasporte público subsidiado, tan bueno que la gente lo prefiera más que a su auto; si no construyes y operas el drenaje, la red de agua potable, el sistema de recolección y eliminación de basuras, el sistema de alumbrado, los rastros, panteones, mercados , parques y jardines suficientes y otorgas todos los servicios públicos con mejor calidad que los privados, entonces sí, el fenómeno metropolitano es un “dolor de cabeza”, pero no por el fenómeno en sí sino por la “falta de cabeza” de los gobernantes. El problema no es el insuficiente dinero ni tiempo, en realidad es la ignorancia, la ambición y la hipocresía de gente oportunista que como no sabe cómo hacer algo importante, relevante y sabe no trascenderá como alguien ilustre, termina haciendo lo único que sí pueden, mejorar su economía personal, lícita o ilícitamente. Hace 43 años, Guadalajara tuvo un Ayuntamiento, que en tres años hizo más obra, en proporción, que el Gobierno del Estado de entonces, sin endeudarse, ese alcalde se ganó el respeto del entonces ejecutivo estatal y el reconocimiento de la población en general, esa es la mejor prueba de que el diseño gubernamental existente, posibilita lograr un municipio autónomo, pero también supone ediles que le entienden a la administración pública, de allí que creer que el fenómeno metropolitano complica las cosas, es idiota, porque en realidad permite ahorrar, coordinándose y asociándose, en lo común, no todos los problemas municipales son comunes, creer eso, es otra estupidez, en realidad solo las fronteras son problemas de dos. La clave del éxito es saber la razón de lo público, de allí que, por falta de ese conocimiento, los ayuntamientos, terminen de achichincle del “gobernador” y aprueban la creación de dependencias intermunicipales que no solo no sirven, sino debilitan a los ayuntamientos y dañan al municipio. Una cosa es no saber qué hacer, para tener un ayuntamiento sano y poderoso, y otra, creer que no se puede. ¡Ni hablar!
P.D. Hay una estatua de ese alcalde, sobresaliente, que gobernó Guadalajara entre los años 1980 y 1982, en el cruce de la avenida López Mateos con la calzada Lázaro Cárdenas, debajo del puente atirantado que lleva el nombre de su tío, el ingeniero Jorge Matute Remus.
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