
Por Horacio Villaseñor
La verdadera crisis de nuestras ciudades no es una cuestión de colores partidistas, sino una catástrofe de diseño sistémico; una herencia de un “esqueleto neoliberal” que, lejos de ser desmantelado, ha sido simplemente barnizado con una retórica de bienestar asistencialista. Llevo años observando cómo la ciudad se desmorona en la realidad material mientras se reconstruye en la ficción de los discursos oficiales, revelando que el problema no es un error de ejecución ni de falta de dinero, sino un ADN administrativo que privilegia la inercia, la centralización y la obra de vitrina sobre el metabolismo vivo del territorio. Al analizar el tablero político local actual, la conclusión es desoladora: el PRI salió del poder porque se pudrió; el PAN fracasó por una mezcla de cinismo e ineptitud; Movimiento Ciudadano ha demostrado ser la amalgama de la podredumbre, la incapacidad y la desvergüenza de los dos anteriores, y Morena, en casos emblemáticos como Tlaquepaque y Tonalá, se ha consolidado como un fracaso rotundo que no logra dimensionar su responsabilidad histórica. En estos municipios de la periferia metropolitana, la autodenominada Cuarta Transformación fracasó porque, lejos de representar una verdadera ruptura, se limitó a heredar y perpetuar el mismo sistema extractivo y centralista de sus antecesores, demostrando que, sin cambios estructurales profundos, su administración es solo una capa más de barniz electoral sobre el mismo modelo de decadencia urbana. La percepción de su naufragio radica en que sus administraciones se limitaron a replicar un modelo de gestión lineal, donde se priorizó el dogmatismo y la inercia política sobre la innovación administrativa, resultando incapaces de articular soluciones sistémicas para la crisis de servicios esenciales, la seguridad, la precarización de las colonias populares y el despojo territorial. Al fallar rotundamente en la transición hacia esquemas adaptativos capaces de gestionar la incertidumbre y la complejidad de los problemas contemporáneos, Morena dejó a ambos municipios atrapados en los mismos vicios y rezagos que prometió transformar, atrapada su gestión en la retórica asistencialista y la política de espectáculo. Por ello, más allá de las identidades partidistas, es imperativo terminar de una vez por todas con los gobernantes de show, con esos políticos de espectáculo que confunden la gestión pública con una puesta en escena para redes sociales y algoritmos de popularidad. Todos estos actores, bajo sus distintas máscaras, son igualmente inservibles, y la metropolización administrativa que hoy defienden es otro disparate promovido por personajes ignorantes colados en la función pública; un ejercicio de ceguera institucional que confunde la verdadera coordinación técnica con un control centralizado que asfixia, no solo a las periferias, sino ahora a toda la ciudad degradada. La clave de nuestra decadencia no radica en quién ocupa la silla para posar ante la cámara, sino en la falta de creación de un nuevo modelo de gobernanza hoy inexistente y en una trampa financiera donde el presupuesto sigue dictando las mismas prioridades de hace treinta y tres años, alimentando una estructura extractiva incapaz de procesar la complejidad de la vida urbana. Por ello, la transformación real no vendrá de los relevos electorales, sino de una cirugía financiera y territorial radical que entierre la lógica del papeleo inerte y devuelva el poder a la escala barrial. Entiéndase bien: la burocracia no es intrínsecamente mala ni un enemigo a destruir; su existencia es necesaria para dar orden, pero su función debe ajustarse urgentemente a los tiempos modernos. La vida urbana cambió drásticamente, se volvió acelerada, líquida e impredecible, abriendo grietas que la vieja administración lineal ya no puede tapar. Esta nueva realidad exige atender las profundas tensiones en la ciencia tradicional, aquella que pretendía controlar el territorio con planos estáticos y certezas de escritorio, para transitar hacia un paradigma postnormal que asuma la incertidumbre como regla. Ante esta parálisis, es urgente implementar una red de Puntos de Inervación Metabólica: nodos estratégicos de descentralización operativa que doten a los barrios de una autonomía funcional que les permita procesar autónomamente sus desechos, gestionar comunitariamente el agua y regenerar el espacio público a escala humana. Se trata de convertir al barrio en un ente que siente, procesa y responde en tiempo real a sus propias crisis, desactivando la lógica de la “obra de relumbrón” para sustituirla por una microgestión inteligente y regenerativa, pues de lo contrario, seguiremos condenados a administrar, con renovado optimismo, la misma decadencia que nos ha forzado a habitar ciudades que son, hoy más que nunca, un diseño fallido que se resiste a morir. Ni hablar.
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