
Por Manuel Gutiérrez
Un Verano Mortal, de Lilia Victoria Oliver Sánchez, es un libro ameno, pese a que trata de un ensayo presentando en forma técnica con herramientas históricas y demográficas. Guadalajara sufrió una severa epidemia de cólera en 1833, de ahí que intitulara “Un Verano Mortal”.
La autora acudió en su búsqueda a emplear la técnica del historiador Pine Goubert, en 1950 quién descubrió como fuente histórica, los registros parroquiales como se aplicó en Inglaterra y Francia, por lo que Claude Mayet, consideró que al urgar en los archivos parroquiales, se hace una inmersión en el mar de la gente común, de los olvidados de la historia que no fueron protagonistas ni personalidades.
Las calamidades se presentan periódicamente en el mundo en forma de guerras, hambrunas y epidemias. La causa de la epidemia en tierra tapatía fue a causa del cólera, que todavía hasta el siglo XXI sigue siendo objeto de vigilancia por la Secretaría de Salud.
Mientras la epidemia reciente, dijo el populista presidente aseguró “que sólo ataca a los ricos, y los corruptos, pobres como él, están inmunizados”, lo hace sobre la versión que el corona virus se trajo por viajeros que salieron a Asia y Europa e incluso a los Estados Unidos. Pero las epidemiasno seleccionan clases sociales, pero si usan viajeros y transportes.
Pero este concepto es erróneo totalmente, porque las epidemias han demostrado con Lilia Victoria, que prefieren asentarse con los pobres, principalmente a los que les privilegian el contagio, sufrimiento y la muerte. De hecho, el COVID ha castigado mayormente a Veracruz, Tabasco, Ciudad de México, y otras entidades que siguieron el consejo de no aislarse. En esa época, de 1833 el aislamiento se realizó marginando por seguridad a los enfermos en sus diversas etapas.
La autora utiliza conceptos de Guillermo Prieto, un liberal muy honesto y observador de calidad
literaria: “Lo que dejó imborrable impresión en mi espíritu fue la terrible invasión del cólera en
aquel año.
Las calles silenciosas y desiertas en que resonaban a distancia los pasos de alguno que concurría en pos de auxilio.
Las banderas amarillas, negras y blancas que servían de aviso a la enfermedad a médicos, sacerdotes y casas de caridad, las boticas apretadas de gente, los templos con las puertas
abiertas de par en par con mil luces en los altares, la gente arrodillada con los brazos en cruz y
derramando lagrimas…
A gran distancia el chirrido lúgubre de los carros que atraviesan llenos de cadáveres”.
La autora también usa una cita de Albert Camus, y su obra mundial “La Peste” para ambientar las
cifras y comparativos guardando proporciones, pero era una pandemia.
Pero las conclusiones comienzan a surgir durante su trabajoy es que las epidemias desnuda la eficacia de los gobiernos, de los ayuntamientos, de los políticos así como propician un “manejo
ideológico” desde entonces, juegan con el miedo y con el prejuicio, actualmente los políticos aunque sean médicos como Hugo López Gatell, juegan a promocionarse, a manejar las estadísticas políticas, y a confrontar sus datos que alcanzaron los 800 mil muertos, y Gatell siguió tan campante como aspirante a gobernar a la CDMX impulsado por el presidente López.
En Jalisco, el Gobernador Alfaro, aprovecho para reposicionarse políticamente con la epidemia y en primera instancia sus medidas fueron aceptadas y comprendidas, pero luego ante la subida de los número de aprobación, comenzó a enredarse en la etapa de reactivación, que supone la obtención de préstamos por 30 mil millones sin programas de gastos o inversión y que nos endeudó como entidad y como habitantes hasta 2035, aunque fue más solidario que los populistas de la CDMX que nivel nacional no movieron un dedo por ninguna fuente de trabajo.
Ya que nunca se está preparado para enfrentar las epidemias, ni antes, ni ahora, pese a la comunicación moderna, porque hay que creer en el riesgo que encierran, luego hay que aplicar gastos adicionales en salud y finalmente, apoyar a la comunidad a reestablecerse, lo que propicio una caída salvaje del PIB en México por ausencia de apoyo oficial.
El cólera morbus inicia su presencia en Asia, en el siglo XVIII. En el XIX hace presencia en Rusia y Polonia, pasando a Europa venía en camino.
De Europa pasa a Canadá y a los Estados Unidos, que en Nueva Orleans tenían un puerto clave de conexión con el resto de América, por lo que lo transmite a la Habana y Tampico. De Texas, el cólera pasa a Coahuila en noviembre de 1832, viaja a la velocidad de los medios de la época.
Las ciudades de la época eran bastante insalubres. Las portuarias, peores.
Por lo que se propagó el cólera con mayor intensidad. La carencia de drenajes, comenzaron a preocupar en las ciudades como la nuestra por la intensidad con que pegó el cólera.
Sin embargo se dio una división real y social en el impacto del cólera. Los vecinos del centro,
registrados en el Sagrario Metropolitano tuvieron menores bajas y más lentitud en el contagio.
En cambio Analco, Mexicatlzingo, comunidades indígenas básicamente resultaron más afectadas.
El río de San Juan de Dios, ese riachuelo insignificante era utilizado para higiene, e incluso consumo del líquido y estaba infectado.
La relación del cólera y su presencia por fecalismo sin control y con el agua, son una alianza interminable. El 29 de julio, los registros parroquiales del Sagrario indican la primera baja de Saturnino Jiménez, y de José Sacramento,un menor de diez años, cortaron el listón negro para inaugurar el verano de muerte.
Los rasgos del cólera, con sus calambres, vómitos y evacuaciones diarreicas frecuentes expusieron
principalmente a las mujeres de las familias que eran las señaladas para realizar labores de limpieza encargadas del hogar y con pocas aspiraciones en su sociedad de fomentar su educación. Su formación era en la época, para ser amas de casa, pero en su caso, sus deberes implicaron entrar en contacto con los contaminados, fueron las primeras en el frente de batalla, con las mayores bajas, el cólera no mostró feminismo en su elección.
El cólera golpeó sin muchas consideraciones a todos los segmentos de edades y condiciones
sociales, tanto a habitantes entre los 30 y 40 años de edad, como de la tercera con sesenta años
de edad en adelante, la epidemia afectó en la población de Guadalajara al 7.21% de la población.
Para contabilizar 3275 personas muertas, la población según datos del censo municipal, era de
44, 928 habitantes, eran menos que Guanajuato y Puebla en 1833.
El mortal huésped diferenciaba su tiempo de estancia entre nosotros. En ciudades grandes permanecía hasta un año, en tanto que en rancherías, la devastación era de dos a tres semanas. Siempre las epidemias manejan una proporción de enfermos acorde al número de habitantes. Más gente, más víctimas, más permanencia.
Las medidas contra el Cólera, eran poco efectivas. La ciencia médica de la época llegó a considerar que no era transmisible asegura un Doctor Hordaz y a desconocer su agente reservorio como el agua, malo.
Hubo redes que desmintieron el riesgo del COVID y surgen complicadas teorías de conspiración mundial, muchos pretendieron negarlo o ignorarlo. La moda antivacuna, que era una tendencia contra las enfermedades transmisibles, se recrudeció con el mal respiratorio.
En tanto en la CDMX la capacidad hospitalaria quedórebasada, saturando hasta los crematorios, el mal terminó hasta dos años después.
Fue hasta 50 años después que Koch estableció la realidad microbiológica de la enfermedad.
En la época se consideró que los “cordones sanitarios” de zonas, no tenían sentido.
La época contribuyó a propiciar el desarrollo de laenfermedad del año 1833, con las hambrunas anteriores y elfracaso campesino, crearon oleadas de migrantes sin techo.Los migrantes casi siempre son portadores de enfermedades por su frágil condición. Algo similar sucede con los migrantes centroamericanos o los indígenas que buscan acomodo en la vida urbana en oleadas, dejando sus pueblos originales.
Las zonas mejor equipadas de la época como eran la zona del Sagrario (centro) El Carmen y Parroquia, o el Dulce Nombre de Jesús, contaban con pozos de agua, aún con riesgo de contaminarse en los mantos freáticos por filtraciones de las heces y con pozos negros para evacuación,pero para la época, fueron los favorecidos. Más hábitos de limpieza, mejor alimentados, más “estudiados” fueron los que mejor la libraron.
Por ejemplo de mil habitantes del Sagrario Metropolitano, se redujeron 41, en el Santuario subió a 91 muertos, pero la cifra fue mayor en Analco y Mexicaltzingo. Se usaban dos puentes de piedra, (entre ellos el de las Damas) para comunicar esas zonas de indios, con el resto de la población. Estos circulaban a prestar servicios y ofertar productos, en tanto que los del otro lado de la calzada, en ese tiempo río de San Juan, al oriente venían muy poco. Hoy ese río esta entubado y es la Calzada Independencia, que sigue siendo una división de clases urbanas.
Adicionalmente estaba la presencia de alcacerías, después llamadas vecindades, lo que significaba más gente en relaciones de contacto y promiscuidad habitacional.
Los entierros de la época tenían 5 rangos: Solemne, Alto, con posible ceremonia, sepultura con cajón de buena madera, en un bonito escenario del panteón de Belén, al que todavía aspiraban algunos con el Bajo, con apuros.
Pero los siguientes entierros eran sin velas ni cajas: El Humilde y el de Limosna.
El peor de limosna, con muerto en un petate y en fosa común del Panteón de Belén, sede de esa solución oficial. El señorial panteón era un escenario del dolor en esa época.
Las autoridades obedecían al Consejo Superior de Salubridad, heredado desde la época colonial, exigieron a los munícipes incrementar la sanidad de la ciudad, e incluso se invirtió en seis carretones para mover los desechos que los tapatíos acostumbraban dejar en las esquinas como ahora.
El gobernador de Jalisco de la época era Pedro Tamez, y el presidente Valentín Gómez Farías, testigos fueron Carlos María Bustamante y Guillermo Prieto ambos historiadores. Y estaba fresco Antonio López de Santa Anna, motor de revoluciones liberales o conservadoras todas para su beneficio personal.
Era un polvorín con la mecha encendida y las conflagraciones acentúan las epidemias o las renuevan.
La guerra entre conservadores y liberales asomaba, entonces esto ocasionó con las conflagraciones, que en 1850 se diera otro repunte del cólera, con su cosecha mortal.
Fue terrible el siglo XIX, pese a romanticismo, a sus idílicos cuadros y al arte de la época. También comenzaba a asomar el liberalismo económico, abriendo paso a la revolución industrial a su modo en Guadalajara con las grandes fábricas textiles como en Atemajac, La Experiencia y otras.
Al analizar la documentación, los cuadros, y tomar nota de las reflexiones de Lilia Victoria Oliver, comprenderá que las calamidades no fueron “anillos al dedo” destruyen vidas y economías salvo que se pretenda destruir la sociedad para imponer algo nuevo, no necesariamente mejor, con su costo de epidemias. Usarlas como detonante, es irresponsable, porque abaten a la sociedad en forma aplastante.
Una de las respuestas de los tapatíos, registradas en las notarías parroquiales, fueron un acelerado aumento de matrimonios este año, según nos demostró Lilia Oliver, en su obra editada por la U. de G., lo cual puede dar una nota de color luego de esas etapas lúgubres. Los aztecas al sentir fenómenos sísmicos, o ciclos de muerte solar…hacían lo mismo perpetuar la especie.
En ese verano de 1833, nadie dudó, ni disfrazó la epidemia con eufemismos (como neumonía atípica, por COVID) aunque estaban limitados por los alcances de la ciencia médica así como por las condiciones sociales, pero afrontaban la calamidad como mejor podían. La ventaja era que los políticos no sacan provecho como hoy, ni cambiaban palabras para disimular la realidad. Quedó la responsabilidad para la historia y como causa pendiente de culpas de negligencia, incapacidad, una deuda de justicia de 800 mil muertos en la 4T.
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