Por Manuel Gutiérrez
Usaré al béisbol para explicar el momento de Mario Vargas Llosa, porque el genial autor llegó a la octava entrada, tiene el bat con dos outs, pero está en cuenta máxima….”Le dedico mi silencio” es la respuesta de su pluma. En béisbol sería equivalente a un elevado profundo, que cruza el jardín central, se va, se va….pero si el el silencio, lo último que quiere decirnos, entonces es un elevado que no producirá carrera alguna, no hay pisa y corre ni búsqueda de anotación en bola ocupada, que cerrará el episodio, que cancelará el futuro, todo caera inevitablemente en el guante del central.
Despúes de “La Ciudad y los Perros” o “Elogio de la Madrastra” hemos visto tantos turnos al bat de Vargas Llosa, que nos acostumbró a remolcar carreras, resolver nudos, anular el control social del pitcheo, someter a la rebeldía sus escritos, enfrentar como bateador designado la tarea de producir en un mundo socialista y populista, con principios literarios afirmados en el liberalismo.
Pero llega el final del juego y dice que lo que sigue es el silencio. Silencio es la falta de sonidos, la falta de palabras. Es el fin del dialógo, del debate, de la lucha. El silencio es lo encuentran todos los escritores al final: Sólo pueden decir lo que quieren, cuando están vivos pero entonces como nos sigue hablando Soljenitsin, Chejov, Pasternak, Bulgakov, Conrad, o Somerset Maughan…porque sus pasajes nos siguen llevando a temas, a momentos, a historias y a encuentros vitales.
Novela irónica, de quién sabe que ha cambiado el mundo, y que no lo ha cambiado nada. Novela irónica, de un personaje que tiene una idea popular del arte, y con ella pretende elevarla a la cultura, y con la cultura, resolver todos los dilemas de la sociedad moderna, sus contradicciones. Una idea que no deja de ser seductora. Cultura como palanca liberadora de la injusticia, de los errores.
Un tal Antonio Azpilcueta, se convierte en el último modelo de Vargas Llosa, para decirnos que la cultura sin los ideales naufraga. Que tal vez el se siente naufrago, y siente cercano su final.
Que su última máscara, es el resultado final de haber seguido utopías, la “voluntad de poder con que dogmatiza” su personaje, pudiendo ser ambiciones culturales desbocadas, sin bases, que pueden caer en el rídiculo.
¿Acaso Mario considera que todo lo escrito fue para nada? ¿Qué sus lecturas en el planeta, no lo hicieron mejor? ¿Qué sus denuncias de las dictaduras, desde Perú a toda Hispanoamérica, incluyendo su descripción del partidazo PRI en su tiempo, que ha vuelto cubierto de otro color y siglas de Morena, son “la dictadura perfecta” porque sabe simular la democracia, el derecho, da algo de bienestar y finalmente anula toda separación de poderes, reformula el militarismo –Algo que es substancial al alma Hispanoamérica, desde la Ciudad y los Perros- y la versión burlesca de “Pantaleón y las visitadoras” una crítica segmentada al sexo pagado, liberador temporal, que de alguna manera consolaba a los militares en la selva la soledad no les salva de su naturaleza.
Su personaje Azpilcueta, quiere la mejor sociedad posible. Que termine la violencia, que desaparezca el poder del narco-terrorismo, que la guerrilla se vaya como una pesadilla que el nuevo sol desvanece como niebla, quiere que con sus valores populares de cultura, el arte y la cultura sean la nueva verdad que nos alcance para entender un mundo diferente, a la vez el mismo de siempre.
Su personaje triunfa y luego arroja por la borda el éxito por el deseo de pontificar, de hacer con sus ideas culturales, las bases de salvación de todo.
– Por algo refleja a Mario- pero Abraham Villa Figueroa en Nexos de julio de este año 24, acaba por alarmarnos sobre lo que busca el genio, el literato consagrado, el último monstruo de las letras viviente y que todavía periodísticamente tenía que mucho que decir al continente hispano, y que no será olvidado con su muerte.
Azpilcueta triunfa, pero su éxito lo marea. Y a la par lo coloca como amante desafortunado con una mujer que ama, atado a vivir con otra que lo mantiene a flote, a la que cordialmente estima, pero no puede romper con su dilema.Parte del triángulo de las emociones que encanta a los lectores, que son espejos del alma humana, amar y no amar, rechazar y vivir el amor que no es para tímidos o bobos, porque requiere mucho de dar, si vale la pena la acechanza de la aventura.
Azpilcueta vive su desencanto de todo el mundo de la izquierda, más dogmática, impositiva y militarizada en nuestra América Latina, observa el delirio de poder autoritario de las nuevas sociedades encarnadas en el populismo, rechazando actitudes moderadas y objetivas, para preferir los extremos, las infisiones de la ideológia, el veneno de la superioridad sobre los otros, polarizando, sectarizando, siendo una nueva inquisición sin el gran orden medieval que iluminara por mil años a la humanidad y fuera maestra de occidente, que no se hizo de confrontarse sin una idea histórica de por medio.
Años de edad media, que no estuvieron como hoy exentos de duelos, quebrantos, fines del tiempo y del mundo, y confusiones de todo tipo. Era de Dios, dicen, pero muy turbulenta.
Pero fueron enfrentadas las búsquedas humanas con idealismo, con fines teológicos, superiores a la realidad.
¿ Vargas acaso dice que ha terminado la capacidad creativa, la fe en los ideales, la capacidad de analizar, descomponer y proponer una nueva sociedad? Será acaso que los escritores como los profetas, tienen sólo el deber de augurar, y luego desaparecer.
Para ello propone la solución del arte y la cultura, parte de su personaje, que lo refleja como espejo de su vida actual. Para decirlo en béisbol, del jardín izquierdo (Lasorda dixit, vienen las malas ideas) del central a veces no llega la bola a tiempo y las jugadas del infield, no dejan de ser relámpagos que se atrapan eventualmente y cambian todo. Comprender este juego, es comprender a Mario, a su literatura, a su cine, a su creación.
El arte y la cultura, son su solución, aún cuando contengan el silencio. Porque este puede ser resultado del asombro ante una composición plástica, un conjunto arquitectónico, un desenlace teatral, genial o una búsqueda filosófica. Es decir, cultura y arte independiente, no oficialista, alejado del valor político que le confiera el poder, el silencio puede ser un tributo, de la introspección en otros mundos propuestos, en gozos y descubrimientos en solaz del alma, en descanso de la condición humana, que se eleva por el valor divino de lo humano.
Es el renunciamiento a ser profeta, aunque lo fue de generaciones que lo leyeron. Vargas Llosa nos abrió la estrecha mente un poco más, con luces cegadoras del astro rey, entrando al tuétano de nuestras creencias, nuestras manera hispanoamericanas, y haciendo tal vez un acto supremo de humildad, anticipando el silencio anuncia su salida, pero de nuevo hace un gambito de ajedrez, o una jugada de pantalla de béisbol, busca otro fin, busca que entendamos que en lo éfimero se cimenta nuestra supervivencia, porque los valores y las sociedades valen por la supervivencia de los muertos, decía el Maestro Anacleto González Flores.
Pero Mario Vargas olvida que lo genial no se pierde. Menos cuando haz sido escritor universal y sus obras con “La fiesta del chivo” siguen sorprendiendo, atreviéndose, planteando los enigmas humanos, de amor y desamor, de poder, de fracaso, de utopías y de aciertos. Podrá morir, pero no será olvidado, siempre alguien lo descubrirá, y será influido por sus ideas culturales, hechas de inteligencia, pragmatismo y viabilidad y estará en el olimpo de los libros, de sus ideas de siempre, que seguirán en el debate, porque finalmente son las mismas respuestas a todos los dilemas del mundo, aunque pretenda regalarnos su silencio.
Más bien eso le tributamos, cuando lo leemos, y el crítico de Nexos, erudito, profundo, amante de la pirotécnica, hizo un trabajo notable, pero en una premisa diferente a la real: Lo que vale, no se pierde, lo que se extraña, se necesita y siempre nos hará falta y compañía el maestro de la narración, Vargas Llosa que Dios nos lo siga regalando muchos productivos años más, aunque opte por el silencio, ya dijo mucho y verdadero.
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