
Horacio Villaseñor Manzanedo
“Comparando peras y manzanas”, me explico. Erróneamente se cree que la administración privada y la pública son similares, peor aún, se cree que las prácticas muy exitosas de la privada deben implementarse en la pública. Cuidado, no se equivoquen, no puede haber empresas mal administradas simplemente porque no hay, si fracasan, desaparecen. Si no logran lucrar, que es su razón de ser, no tiene sentido mantenerlas, deben cerrarse inmediatamente, por eso no hay empresa mal administrada. En cambio, la mayoría de los “gobiernos” son muy chafa y allí siguen, porque la atención al espacio público funciona de otra manera, la cortina de la administración pública, por terrible que sea, no puede bajarse. Las demandas sociales siempre existirán y deben ser atendidas siempre, por el gobierno, pueda o no. Para ello se creó la administración pública, organización a cargo de atender y satisfacer esas demandas, a través de actividades sistémicas directas. Cuando esas actividades, por alguna eventualidad o calamidad (temblor de grandes proporciones) no se pueden realizar eficazmente con los servidores públicos disponibles, se contrata temporalmente personal extra, hasta recuperar la normalidad. Lamentablemente, otro tipo de desgracia, muy frecuentemente, es la ineptitud de los directivos públicos, que llegan circunstancialmente al poder público y no pueden. Como el dinero no es de ellos y la inteligencia y virtud no se puede comprar, para lo único que les da es para realizar concesiones, que otro se encargue, aunque le pague y me pague. Nadie con capacidad de entender duda que es menos costoso prestar un servicio público de manera directa que darlo en concesión. Encargarlo a alguien más, no solo es más caro, sino que se desentienden del encargo y siguen recibiendo su cheque como si siguieran a cargo de sus obligaciones. Conocí a un presidente municipal de Guadalajara, que, en tres años, hizo lo que otros no han podido, atendió y solucionó todas las funciones sustantivas de un ayuntamiento, mejoró todo, el suministro de agua, el drenaje, el alumbrado público, el servicio de limpia y tratamiento de basuras, los mercados y centrales de abasto, panteones, el rastro, las calles, los parques y jardines, la seguridad y el tránsito. Pagó las deudas heredadas, no contrató empréstito alguno, mejoró sueldos de los empleados y le sobró dinero, que dejó en las arcas municipales para que las a las administraciones siguientes se les facilitará hacer lo que seguía. ¿Cómo lo logró? Ese alcalde, era un hombre sencillo e inteligente, sabía que la mejor forma de cuidar los dineros de todos era prestar los servicios directamente y para asegurar la calidad de ellos había que encargárselos a los tapatíos mejor preparados para cada caso, conocidos o no de él. Construyó, también, un gran taller municipal, para que ni las reparaciones de los vehículos se le encargaran a un particular. Era un “político administrador”, preparado, civilizado y culto, decente y sencillo, se enfocó en solucionar lo importante, no en banalidades superfluas y ridículas, que no son necesidades sustantivas. Sabía que concesionar servicios era irresponsable y dañino para la sociedad. La visión empresarial no solo no sirve a la administración pública, sino que además, la daña, la pudre. ¡No sean mensos!
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