
Por Laura Gutiérrez Franco
La Zona Metropolitana de Guadalajara está enfrentando un alarmante fenómeno de escasez de gasolina que ha comenzado a desatar el caos entre los ciudadanos. En un recorrido por la ciudad, la realidad contradice los discursos oficiales.
Se ha documentado el caso de personas en la zona centro, cerca de la Central Vieja, que han tenido que salir a buscar combustible y encontrando hasta dos estaciones de servicio completamente cerradas por falta de inventario, logrando abastecerse apenas en una tercera que solo contaba con gasolina Premium (roja) y a un precio más alto. Además, la situación se agrava en otros puntos clave de la ciudad, como en la zona de La Minerva, donde los reportes indican que ya tiene varios días que no hay gasolina disponible en unos establecimientos cercanos.
Esta falta de producto está siendo aprovechada para vender el combustible a precios desproporcionados, alcanzando en algunas estaciones hasta los 31 pesos por litro de la gasolina roja. Es importante señalar que en México los precios de los combustibles están liberados bajo la ley de la oferta y la demanda, por lo que no existe un precio máximo fijado por decreto; sin embargo, la PROFECO mantiene un monitoreo constante y un costo de 31 pesos representa una clara anomalía y un abuso desmedido frente al promedio nacional, que suele oscilar entre los 24 y 26 pesos. La Verde fue subsidiada con precio tope, pero no se tiene el beneficio al no haber en el mercado.
Por su parte, Pemex niega rotundamente que exista un desabasto generalizado, argumentando que se trata únicamente de un retraso temporal debido a cuestiones de logística en la distribución.
Ya ha surgido una gran preocupación técnica entre la ciudadanía. Ante las declaraciones de la Presidencia -hace unas semanas- invitando a la población a comprar de la gasolina más barata, los expertos en ingeniería automotriz han advertido que seguir este consejo puede ser contraproducente. Los especialistas explican que el uso de combustibles de baja calidad o que no cubran los estándares de octanaje requeridos por los motores modernos, especialmente si se llega a suministrar combustible con menos de 87 octanos, provoca el fenómeno de predetonación o cascabeleo. Esto daña gravemente los vehículos, destruyendo componentes internos del motor y generando reparaciones sumamente costosas para los propietarios.
El peligro latente de esta situación va más allá de los automovilistas. Este escenario abre la puerta para que los comerciantes aprovechen el desabasto y justifiquen un aumento generalizado en los precios de los productos básicos. En la economía actual, todo tiene un punto de traslado y las mercancías dependen por completo de la gasolina para moverse.
Si el transporte se encarece, el costo final se traslada al consumidor, lo que incrementará de forma inmediata la inflación. Esto representa un duro, muy duro golpe a la población mexicana, especialmente a las familias de menores recursos económicos. Porque aunque una persona no tenga coche, terminará pagando más por lo que come, ya que los alimentos se trasladan en vehículos que requieren combustible. Esta es una situación crítica que las autoridades deben atender y resolver de inmediato antes de que se convierta en una crisis social insostenible.
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