Por Violeta Moreno Haro
En México, la igualdad aparece en todos los discursos de gobierno, pero no siempre en sus presupuestos. Y ahí es donde la política se retrata. Porque para una familia que no puede pagar una escuela privada, encontrar un lugar en una preparatoria pública no es un dato estadístico: es la posibilidad de cambiar su historia. La educación pública no debe ser un privilegio que se agradece, sino un derecho que el Estado está obligado a garantizar.
La Universidad de Guadalajara demuestra que las instituciones capaces de transformar una sociedad no se construyen de un día para otro. Constancio Hernández Alvirde participó en su restauración y llegó a ser rector. Enrique del Toro Sosa y Micaela Estrada entendieron que donar sus propias tierras también era apostar por el futuro. Son decisiones que trascienden a quienes las toman.
Raúl Padilla López comprendió algo esencial: concentrar las oportunidades en Guadalajara era aceptar que el lugar de nacimiento siguiera marcando el destino de los jóvenes. La Red Universitaria rompió con esa lógica centralista y llevó educación y cultura a las regiones de Jalisco. Eso fue una decisión académica, pero también profundamente política.
José Trinidad Padilla López contribuyó a consolidar y fortalecer la Red Universitaria, ampliando una obra educativa cuyo alcance trasciende generaciones. Desde la Rectoría impulsó una universidad que no solamente prepara profesionistas, sino que forma ciudadanos. Porque la cultura, la investigación y el pensamiento crítico también son formas de distribuir oportunidades.
Esa vocación de abrir oportunidades también se refleja en el trabajo de César Antonio Barba Delgadillo, Chicho. Durante su gestión al frente del Sistema de Educación Media Superior, entre 2019 y 2025, se impulsó la admisión de todos los aspirantes que concluyeron su trámite. En 2024 ingresaron 67 mil 710 estudiantes y la matrícula alcanzó los 193 mil 314 jóvenes.
Esas cifras tienen rostro. Son familias para las que la educación significa una alternativa frente a la desigualdad. Y aunque los resultados pertenecen a miles de docentes y trabajadores, también importan las decisiones de quienes conducen una institución: pueden conformarse con administrar los espacios disponibles o buscar cómo abrir más.
Hoy Chicho es secretario general de la Universidad de Guadalajara. Su desafío no es solamente cuidar lo construido, sino ayudar a que siga creciendo.
También hay que exigirles más a los gobiernos. No basta admitir jóvenes si después el costo del transporte, la inseguridad o la falta de recursos los expulsa de las aulas. La permanencia y la calidad requieren presupuesto, coordinación y prioridades claras.
La política vale cuando se convierte en oportunidades concretas. Una gran universidad pública, como la nuestra, no elimina por sí sola la desigualdad, pero sí puede aminorarla. La verdadera dimensión de ese legado está en las oportunidades que cada generación deja abiertas para la siguiente.
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