
Por Laura Gutiérrez Franco
Hay dos países diferentes metidos en el mismo territorio. Uno es el que se anuncia todas las mañanas desde los micrófonos del Gobierno Federal, donde los funcionarios nos aseguran con una sonrisa que la canasta básica del plan contra la inflación (PACIC) está “controlada”, “estable” y blindada bajo un acuerdo nacional para no pasar de los 910 pesos (incluso presumen que el promedio ronda los 844 pesos).
El otro país, el real, es el que se camina con un carrito de supermercado o una bolsa de mandado en el mercado local, donde las cuentas simplemente no cuadran y el dinero se evapora antes de llegar a la caja.
¿Nos están engañando o qué es lo que pasa? La respuesta corta es que el gobierno mide una “maqueta” de 24 productos genéricos y estáticos, pero el ama de casa compra la realidad. Y en la realidad, la inflación de los alimentos va a un ritmo mucho más agresivo que los discursos oficiales.
Cualquier persona encargada de surtir el hogar sabe perfectamente que la dinámica familiar ya cambió por pura necesidad de supervivencia quincenal. El menú en las mesas mexicanas se ha tenido que reconfigurar. La carne de res, por ejemplo, ha pasado de ser el plato fuerte ordinario a convertirse en un lujo de fin de semana o de plano en un recuerdo. Para que alcance el dinero, las familias han decidido recortar las porciones de proteína, sustituir la carne por pollo (que tampoco está barato) o estirar las comidas con más arroz y frijoles. Comer carne todos los días ya no es una opción para el bolsillo promedio.
Pero el golpe no es solo con los productos premium. El verdadero drama está en los productos más básicos de la dieta nacional, esos que no tienen sustituto. El jitomate, el rey de las cocinas mexicanas, se ha convertido en un artículo de alta volatilidad con precios que por temporadas se van a las nubes, haciendo que comprar un kilo se piense dos veces. A esto se le suma el encarecimiento silencioso pero constante de otros indispensables como la cebolla, el huevo, los chiles, y el aguacate, que parece costar más que la gasolina. Incluso la tortilla, el pilar de nuestra alimentación, se mantiene arañando precios históricos en las tortillerías del país, promediando ya más de 24 pesos por kilo en muchas regiones.
Al final del día, lo que ocurre es una desconexión total entre la estadística y la mesa. Mientras la Profeco presume sus números alegres en televisión y celebra acuerdos con las grandes cadenas de autoservicio para mantener el paquete de 910 pesos bien bonito en la foto, las jefas de familia se enfrentan a un laberinto de precios donde cada semana las cosas cuestan dos, cinco o diez pesos más.
No se trata de ser pesimistas, se trata de hablar con la verdad del bolsillo. El gobierno puede seguir defendiendo sus “otros datos” y sus precios objetivo, pero la única realidad que importa en este país es la de la quincena que ya no llega al final del mes y la de las familias que han tenido que aprender a comer menos, y diferente, no por gusto, sino porque el dinero ya no da para más. Al final, el mercado de la esquina siempre tiene la última palabra, y ahí, el discurso oficial no alcanza para pagar.
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